Locke

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Uno en la carretera

En uno de los episodios de su serie de televisión Alfred Hitchcock Presenta (1955), el director británico colocaba al señor Callew en la traumática situación de encontrarse completamente inmovilizado en el asiento de su vehículo tras sufrir un accidente. Consciente de lo que ocurría a su alrededor, pero incapaz de mover un solo músculo de su anatomía, el suspense del mediometraje estaba creado desde el momento en que la impresión para el ojo ajeno –el que no fuera el del espectador, prevenido mediante la voz en off del protagonista– era la de estar ante un cadáver.

Locke

Esta aleación entre localización estática y angustia es recurrente en el cine. Rara vez ocurre que la idea de circunscribir la trama a un espacio único y cerrado no vaya asociada a un estilo narrativo basado en la sensación de urgencia y claustrofobia, como ocurría en el caso del señor Callew, pero también con Meg Altman en La habitación del pánico (Panic Room, David Fincher, 2002), Stu Shepard en Última Llamada (Phone Booth, Joel Schumacher, 2002) o Paul Conroy en Buried (Rodrigo Cortés, 2010), por citar algunos ejemplos recientes.

En Locke (2013), segunda película de Steven Knight, más reconocido hasta el momento por su carrera como guionista que como realizador –fue responsable del texto de la excepcional Promesas del Este (Eastern Promises, David Cronenberg, 2007)– encontramos la misma premisa y los mismos elementos que en aquella película para televisión del maestro del suspense. La sensación de apremio se manifiesta en el desarrollo de la cinta, si bien ésta, de forma muy hábil, rehúye o rodea los lugares comunes que cabrían esperar de una premisa como esta. Como el señor Callew, el señor Locke inicia un viaje sentado al volante de un coche, restringido a ese único espacio del que, aunque por otras razones diferentes a las del primero, ya no podrá escapar. Incluso la voz en off de la pieza de Hitchcock encuentra su homólogo en el diálogo que se establece entre el portentoso Tom Hardy, reinventándose aquí como actor, y el asiento de atrás del vehículo, ocupado por una figura fantasmagórica, necesaria o no, en tanto que sirve para poner en contexto la trama. La lágrima surcando el rostro del protagonista que cerraba felizmente la intriga hitchcockiana suponiendo la salvación física del protagonista es aquí reemplazada por el llanto de un bebé, aviso de término de un viaje definitorio que pasa a referenciar, en este caso, la salvación del alma.

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