Interstellar

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El regreso a Ítaca

En la última película de Christopher Nolan, Interstellar, Matthew McConaughey interpreta a un piloto de la NASA que, por azares de un destino que está acabando con la vida en la Tierra –una que exhibe las trazas de los años de la Gran Depresión, tormentas de polvo incluidas–, vive sus días reconvertido en granjero, entre vastas extensiones de campos de maíz y ratos de reposo entre tragos de cerveza en el porche de su casa. Los primeros compases del filme –la conversación en el colegio, en especial– lo dibujan como un individuo de vuelta de todo, alguien que ha renunciado a hacer aquello que le apasiona para acoplarse como pieza funcional de una maquinaria dando sus últimos coletazos, con el único objetivo de intentar perpetuar el futuro de los suyos, entre los que sobresale por intereses para el desarrollo de la historia la menor del clan. Imparable desde su renacer como actor al que tomarse muy en serio, McConaughey y su Cooper representan al hombre íntegro, sujeto a pruebas que han de atestiguar sus méritos y su derecho a la vuelta al hogar.

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Como el Ulises de “La Odisea” o el William Mandela de “La guerra interminable”, Cooper sólo ansía el regreso al punto de partida. El viaje interestelar que emprende para garantizar el futuro de la humanidad, y que es tan solo la excusa para hacer avanzar la historia, le lleva cada vez más lejos en el espacio y en el tiempo de aquellos a quien deja atrás. Como en su anterior película, Origen (Inception, 2010), el director juega con la divergencia en tiempos a priori paralelos. Si en aquella la dilación del tiempo iba a mayores a medida que los protagonistas iban adentrándose en niveles del sueño, aquí es la proximidad al agujero negro lo que provoca el descompás entre los años en el planeta Tierra y las horas surcando el espacio. A modo de gigantesco y visualmente impecable mcguffin, el viaje interestelar se convierte en marco de proyección de un clasicismo hasta el momento desconocido para el realizador, y en términos de la narración el objetivo marcado es claro y no hay prisa por llegar a él, que sí urgencia: el heroico regreso de este Ulises del espacio a su Ítaca particular, hastiado como el soldado Mandela de años de conflicto que en la Tierra equivalían a siglos, trasladados aquí a horas y décadas y ejemplificado por vía de mensajes muy claramente inspirados en el 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) de Stanley Kubrick.

Osadía –visual– y odisea –espacial– convergen en una de las experiencias ajenas a este mundo más estimulantes en el terreno de la ciencia ficción de los últimos años. El paseo por los diferentes planetas es una muestra de la capacidad de atracción de un filme que hace de su microcosmos, la relación entre padre e hija, el macrocosmos al que la subyuga. La habitación de la conclusión de la obra espacial de Kubrick encuentra aquí su reflejo en otra que reconocemos bien y que precisamente arroja luz sobre la intención del británico –el amor a prueba de dimensiones como metáfora algo libre de riesgos– para con el relato. Y que el monolito de aquella aparezca aquí transformado en robot andante, aun conllevando la pérdida del misterio y la necesidad de hilar cada puntada del metraje, no es sino una muestra más, al lado de secuencias como la del acople a la nave en pleno descenso o las consecuencias, mentales, del viaje al primer planeta, del estatus de artesano de primer orden que, para quien esto escribe, el realizador ha renovado con esta su última aventura.

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