El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

Escrito por

La sombra del pasado

Contaba Peter Jackson a raíz del estreno en cines de El señor de los anillos: La comunidad del anillo (2001) que había omitido deliberadamente su nombre de los créditos de inicio porque consideraba que ese material no le pertenecía, que él tan solo era quien se había encargado de trasladar a la pantalla una obra imperecedera y universalmente amada. Cuesta creer que esa decisión tenga ahora aplicación en este intento de emular éxitos pasados: las aventuras de un hobbit en principio reacio a ellas que devendrá en la historia del anillo que ya nos contaron está tan cercana a los excesos que Jackson ha corroborado tener, como lejana, en tono y espíritu, en su mayor parte, a lo que J.R.R. Tolkien escribió.

El hobbit

Durante los primeros compases de esta última entrada en la alargada traslación de un amable cuento de aventuras hipervitaminado para la gran pantalla se percibe lo que una adaptación fiel, más escueta y sobre todo sin relleno podría haber alcanzado, que no es otra cosa que lo que su obra madre consiguió hace algo más de diez años: la reconciliación de la incredibilidad de un mundo de fantasía con las cotas más elevadas de épica. Esto sucede cuando su director se ciñe a la letra escrita. No por nada son estos los momentos mejor resueltos de toda la película. En aquellos en los que se desvía del material de partida, sin embargo, el caos argumental y artístico, junto con decisiones poco lúcidas, se adueñan de la función.

Resulta un ejercicio aterrador tratar de imaginar en qué quedaría la trilogía de los anillos de haberla dirigido el Peter Jackson de estas películas. Como resulta descorazonador comprobar que el mismo tipo que filmó la heroica muerte de Boromir en La comunidad del anillo despide en esta al enano Thorin con bastante más artificio que garra. Si en 2012, con el comienzo de este relato, había lugar para excusas y justificaciones, dos años después y, sobre todo, dos aciagas películas después, la realidad se impone en forma de pesada losa que amenaza con sepultar para siempre, bajo volubles capas de oro líquido, el ingenio y el talento de que el realizador una vez hizo gala. El final de la cinta aporta, siguiendo la tónica de esta películas, notas discordantes: el grato recuerdo de lo que fue, contrapuesto a todo lo que aquí se ha perdido.

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