Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

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De qué hablamos cuando hablamos de superrealismo

Hay un personaje fundamental desde el que revelar las peores intenciones de Birdman, y ese no es otro que el de la injustificadamente vengativa crítica teatral. Con una representación tan burda y maniquea de esta crítica y toda la profesión, Iñárritu se demuestra infantil y revanchista, expone su odio frente a sus críticos, pero al mismo tiempo queda en evidencia al reconocer que los necesita para que su carrera resurja como ave fénix. No en vano su último plano no es más que el acto narcisista de contemplar su propio éxito, de evitar abordar lo fatídico en lugar de afrontar la complejidad del salto al vacío de su protagonista, concepto similar y al mismo tiempo tan alejado de las conclusiones que Aronofsky llevó a cabo en Cisne negro (2010) y El luchador (2008), para las que nunca necesitó de un epílogo.

Esa inesperada virtud de la ignorancia a la que alude el título se justifica cuando en palabras de la misma crítica, que recordemos anteriormente le odiaba por su condición de famoso con ínfulas de artista, se fundamenta y hace oficial que Riggan por supuesto es un genio y ha inventado el “superrealismo”. Concepto este último que no entraremos a clasificar, pero que bien podría aplicarse a las ambiciones del cine de Iñárritu. Desde las historias cruzadas de Amores Perros (2000) a Babel (2006), el cineasta mexicano no ha cesado en explotar la realidad y su dimensión dramática de forma arbitraria, alcanzando puntos tan miserables como cargados de pretensiones trascendentales en el caso de Biutiful (2010), con la que no en vano Birdman mantiene puntos en común en su mirada lindando con lo fantástico y surrealista, trasladada de las miserias de una Barcelona putrefacta a la trastienda de Hollywood, con una amable insinuación de drogas, depresión y soledad frente a las aspiraciones grandilocuentes de sus protagonistas por dotar de sentido a su existencia.

Birdman

Su punto de partida, el dilema interior de una estrella venida a menos metida a director e intérprete teatral que ansía el reconocimiento y el prestigio que no le ha dado la fama, podría aplicarse a Hollywood y la carrera del propio Iñárritu, proponiendo un juego de espejos en exceso complaciente, haciendo del plano secuencia y la música a base de solos de batería el estado mental de su bipolar protagonista, un recurso efectista que se agota demasiado pronto y descubre las carencias de su apuesta formal, cuestionando la coherencia y el rigor del prisma elegido.

Tomando cierta distancia, entre los constantes fallos de raccord de Vania en la calle 42 (Louis Malle, 1994) y el imposible plano secuencia en el que acaba convertida Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) no hay solo 20 años de distancia y avances técnicos, encontramos diferencias esenciales de aproximación al texto teatral en estrecha relación con la imagen cinematográfica. Supone un ejercicio revelador observar el trabajo de ambos cineastas en su retrato de los actores y el respectivo peso que otorgan a la literatura para encontrar las carencias de una propuesta superficial y definitivamente paródica.

Incapaz de otorgar la importancia y el verismo que requieren el realismo sucio de Raymond Carver, cuyas proclamas se antojan aleatorias y carentes de significado al mezclarse con patéticas recurrencias sobre Robert Downey Jr. y Justin Bieber, ni de generar la desnudez y tensión de los intérpretes en plano secuencia, al contrario de la intensidad de un Chéjov que en el film de Malle no requiere de vestuario ni decorados para emerger con esplendor, en Birdman todo forma parte de una coreografía que consume y convierte en farsa aquello por lo que transita. En lugar de aunar la suma de sus partes nos encontramos ante lo que su plano secuencia resta, lo que transforma la capacidad autoconsciente y satírica de su material en una egocéntrica búsqueda de reconocimiento similar a la que emprende su protagonista. Superrealista o no, nos encontramos ante un ejercicio superfluo, movido por aspiraciones que no están tan ligadas al rigor artístico y la exploración del lenguaje como a canalizar su fin, un éxito traducido en ventas de entradas, premios y miles de followers en twitter. Material que podría dar para una certera metáfora del Hollywood actual, pero en lugar de atreverse a desmontar sus apariencias, finalmente vemos como estas se celebran.

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