Selma

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King desencadenado

Los Estados Unidos de América es el país que mejor se vende del mundo. La maquinaria de marketing -donde juega un papel fundamental Hollywood- funciona tan bien que lejos ser el mejor país del mundo, se venden como tal y muchos compran la idea. Sin embargo, EEUU tiene sombras que oscurecen ese discurso grandilocuente de superioridad. La mayor de esas sombras, que todavía le persigue, es la esclavitud y el racismo; una página que por mucho que se empeñen en pasar vuelve a aparecer como ha ocurrido recientemente en Ferguson.

Hollywood parece empeñado en los últimos años en redimir su parte de culpa. Hemos pasado de la escasez de películas que abordan el tema a la abundancia de los últimos años: Criadas y señoras, Django desencadenado, El mayordomo, 12 años de esclavitud y ahora, Selma. La película que producen entre otros Oprah Winfrey y Brad Pitt, aborda lo sucedido en 1965 en la ciudad de Selma cuando un movimiento civil liderado por Martin Luther King consiguió la aprobación de la Ley de derecho de voto, que garantizaba el voto a los ciudadanos afroamericanos que hasta ese momento tenían numerosos problemas para ejercer su derecho en los Estados del sur.

En este apasionante acontecimiento histórico -del que sólo han pasado 50 años- hay tres protagonistas: Martin Luther King, el presidente Lyndon B. Johnson y el propio pueblo de Selma. Todos juegan un papel decisivo, pero dependiendo de en quien pongamos el foco podemos tener una película u otra. La directora Ava DuVernay decidió ponerlo en King, y digo que lo decidió ella porque en el primer guión de Paul Webb el protagonismo del presidente Johnson era mayor. El resultado es una película totalmente desequilibrada. Es incuestionable el carisma, capacidad de liderazgo y méritos de Martin L. King (y ahí hay que aplaudir la interpretación de David Oyelowo); pero cualquier relato sobre una figura histórica de su magnitud debe hacerse con cierta distancia para que no caigamos en el fanatismo. El King de Selma es un hombre perfecto sin defectos ni sombras que camina irremediablemente hacia la canonización. Por su parte, el presidente Johnson es retratado como opositor, o al menos reticente, a la ley que él mismo elaboró y promulgó; incluso la mujer de King, Coretta Scott -histórica activista- queda reducida al papel de mujer celosa y en segundo plano. Incomprensible esta renuncia a la rigurosidad en una película que no necesitaba ser maniquea para convencer a nadie.

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En la primera escena de la película aparece Martin Luther King recogiendo el Nobel de la Paz. La segunda escena es un atentado contra una Iglesia afroamericana y la siguiente Annie Lee Cooper (Oprah Winfrey) solicitando, sin éxito, su registro para poder votar. Cuando reaparece King, en la cuarta escena, lo hace en el despacho oval exigiendo al presidente el derecho al voto. King buscaba justicia, pero no era un justiciero. Las decisiones de dirección y montaje crean un discurso en el que el reverendo acude a cada injusticia para revertirla, pero King no era Django y su figura ni era omnipresente ni se puede pretender que parezca. Otra de las cuestiones discutibles sobre el retrato de King es la de priorizar sus apariciones públicas sobre su trabajo en la sombra, los discursos del reverendo son tan magnéticos como conocidos por lo que algo más de política de despachos no hubiera estado de más; sobre todo teniendo tantos ejemplos que constatan el gusto del espectador por conocer el backstage de la política.

Podríamos continuar poniendo el dedo en otras decisiones como, por ejemplo, la de ralentizar las imágenes dramáticas para cebarse en el morbo de las agresiones. Pero Selma también tiene momentos bien resueltos como las distintas movilizaciones, en especial la escena del bloody sunday sobre el puente o la inclusión de las notas de los servicios secretos. Elementos que imprimen tensión y profundidad a una película que podría haber sido mucho más interesante si no se hubiera cegado por la luz del astro al que filma.

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