Pas à Genève, de Lacasinegra [Atlántida Film Fest 2015]

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El verano en el que ardieron la amistad, la rabia y el amor (el cine)

A Celia, Javi, Mary y Pelayo

Existe la rabia y también existe el amor. En el cine este sentimiento camina como una pareja que se da la mano hasta el final.

Hoy os escribo esta carta a los cuatro, en uno de los veranos más calurosos que recuerda España. En uno de esos veranos en los que también arderán el cine y el amor. Se cumplen cuatro años desde que el colectivo Lacasinegra (fundado en otro verano, el de 2009) rodase Pas á Géneve (2014), su primer largometraje estrenado en el marco del pasado Festival de Sevilla tras muchos años de intenso trabajo. Vuelvo a este cántico generacional en forma de película -el más bello que he visto el último cine español- para hablaros sobre una obra que retrata la amistad, la rabia y el amor -el cine-.

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Hacia la segunda mitad del film el colectivo forma un círculo. Sentados en el interior de un bosque, pasan los días en Ginebra sin entrar ni tan siquiera en la ciudad. Como aquellas tardes en el césped de la facultad huyendo de las clases. Los cuatro soñábamos con nuestro futuro. En este plano que resume su política, Lacasinegra mira hacia adelante desde un presente desgarrador, llenos de rabia y llenos de amor: el sentimiento con el que deberían rodarse todas las películas.

España queda representada en un fuera de campo a través de las noticias que escuchan por la radio tras la resaca post 15 M. España y Europa funcionan por omisión en una ausencia evocadora. Ellos en un bosque, la vida a cientos de kilómetros. El film narra la reclusión de estos jóvenes cineastas que viven un exilio autoimpuesto, encerrados en un perímetro de 150 metros para tratar de cumplir con un encargo durante su residencia artística en la ciudad suiza. Es maravilloso que las películas surjan fruto de un momento Histórico. Pienso en las obligadas circunstancias que nos ha tocado vivir llamándonos generación y en la noción que implica ser un colectivo.

El cine siempre ha mirado al pasado con un pie en el futuro, creo que era Bresson el autor de este aforismo. Vuelvo al plano de Lacasinegra formando un círculo y nos veo soñando. Les veo descubriendo un futuro alucinando en los últimos veinte minutos del largometraje. En este tramo, de una lucidez aplastante, las imágenes manifiestan su propio miedo a desaparecer como grupo unido por el cine. Detrás del amor y de la rabia también se esconde el miedo.

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El cine muestra no demuestra nada, ya lo decía Rosellini. Y Pas a Geneve, que había sido hasta aquí un documental observacional -el retrato de un grupo- se revela como una película de terror o un thriller sin imponer una forma concreta o una idea sobre la noción de colectivo- generación.

Los rostros iluminados por las luces de los móviles en la oscuridad de la noche y los tranvías ensordecedores cruzan el bosque. El sonido anuncia que existe un mundo más allá: Ginebra, España. Europa. El futuro es oscuro, y ellos, Lacasinegra, tratarán de cruzarlo a ciegas. Nosotros también, los que seguimos siendo jóvenes e inseguros, a la deriva en busca de un lugar en el mundo. Pas à Genève apela al no lugar que no tenemos ni tendremos. Por este motivo, Lacasinegra no filma Ginebra al salir de España. Una metáfora muy hermosa para representar la realidad, desde la materialidad de su propia existencia como colectivo, algo tan doloroso y profundamente individual.

Pero la principal cualidad de Pas à Genève es que desborda energía en un primer visionado. Un tipo de energía que te hace creer que el cine puede con todo. Es como el amor. Cuando te enamoras tienes ganas de salir de casa y correr calle abajo. Para Lacasinegra el cine y el amor son la misma cosa. No sé por qué Garrel vive empeñado en creer lo contario. Allá él y todos los que no creen en el amor, nunca conquistaran el cine, ni mucho menos serán inmorales –volviendo a Garrel-. La primera vez que vi Pas à Genève en la oscuridad de la sala, miré hacia otra persona. Sufrí el arrebato de salir corriendo con ella calle abajo para atravesar el tiempo. El cine es un acto de resistencia y un acto de amor. Hay que seguir y seguir hasta no poder más. Esto es lo que me ha enseñado Pas à Genève y todas las películas que arden de amor, de amistad y de rabia.

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Retomo nuestras tardes sentados en el césped. Me insistíais en que un cineasta debe encontrar la manera de hacer sus propias películas. Ellos la han encontrado. En la primera mitad, cuando todavía estamos ante un film luminoso, una chica baila al atardecer. Pienso en el baile de Banda aparte, en la capacidad que tiene el cine para hacer que la vida sea más fácil y exista un equilibrio. Pas à Genève tiene este equilibrio, las dos fuerzas de las que trato de hablaros: la rabia que nos provoca a  veces la vida y la sensación de vivir enamorados por algo -el cine-. Un amigo me dijo una vez que hay dos tipos de cineastas: los que están solos y los que sencillamente no lo son. Lacasinegra son como la banda a parte del cine español. Tienen a la chica y a la pistola, como diría Godard. Sin embargo, están solos en una isla que les pertenece. Se han ganado su propia identidad como grupo de amigos que se apoyan y ruedan películas. Es asombroso, entre tanto individualismo, que la identidad se convierta en un concepto compartido, que la amistad sea una forma de vida y de trabajo. Y que sea esta banda la que deje una huella sobre un momento histórico crucial para nosotros como generación, si es que alguna vez lo fuimos.

En Madrid, 3 de julio de 2015.

Puedes ver Pas à Genève hasta el 9 de julio en el siguiente enlace.

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