El mundo sigue

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El toro por los cuernos

“Verás maltratados los inocentes, perdonados los culpados, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos. Y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”

Fray Luis de Granada, 1556

El reestreno de la versión restaurada de El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez, 1963) no supone la conmemoración de uno de los grandes clásicos de nuestro cine, sino que viene a reparar una de tantas injusticias que su director y también protagonista se cobró en su trayectoria tras las cámaras, de un infortunio que en ocasiones le haría parecer tan desgraciado como el Faustino al que da vida en la película. El mundo sigue se estrenó hace cincuenta años, pero lo hizo en Bilbao, con dos años de tretraso y de forma meramente burocrática, escapando así a posibles acusaciones de censura. Suerte dispar que corrió también su siguiente largometraje, El extraño viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964), lo que no impidió ambos levantaran acta de una España empobrecida y sumida en la miseria moral frente a las ambiciones desarrollistas del franquismo. No en vano, era precisamente ese conflicto tan nítido entre la apariencia y la cruda realidad española lo que aturde a sus personajes y lo que las convertía en películas tan incómodas para el régimen como reveladoras.

El mundo sigue

Lo irónico es que de nuevo el paso de El mundo sigue por cines ha sido ciertamente minoritario, llegando a poco más de una docena de salas del país. Ya saben, la censura tan solo ha cambiado de nombre, cuestiones pragmáticas del libre mercado. Pese a todo, su enmienda vuelve a reverdecer el trasfondo en blanco y negro de una película herida, que aborda con precisión el apocado estado mental de un país que ya no solo necesitaba algo que echarse a la boca, sino no aparentarlo, provocando una fractura social y económica cuyos personajes tratan constantemente de sortear con expresiones taurinas. Y hace poco, en la tertulia matinal de 13tv, se echaron al toro. Su presentadora afirmó que no había pobreza en España gracias a la mejor red social, la familia y la iglesia. Precisamente ese odio febril entre dos hermanas (espléndidas Tina Canalejas y Gemma Cuervo), surgido por el arribismo de clase, la envidia, el desengaño, la pobreza y la frustración del ama de casa, se enmarca en el contexto tradicional de la familia nacionalcatólica, con un padre policía y un hermano seminarista. Estado e Iglesia como cimientos inamovibles y auténticos agentes del caos que no hacen nada por una posible conciliación, que recae en una madre abnegada cuyo amor por sus hijas no resulta suficiente.

Frente al crudo y a la vez tan simbólico retrato familiar, la trama del personaje interpretado por Fernán Gómez revela sigilosa el poder del fútbol como opiáceo por el que escapar de la férrea realidad diaria. Pero no es hasta bien avanzada la narración cuando su presencia cobra protagonismo y una millonaria quiniela de 14 se convierte en el macguffin perfecto con el que la pareja por fin se salve. Ilusión y esperanza para la que no había tiempo ni lugar en España, que escuchamos derrumbarse en su voz en off y vemos nítidamente desaparecer en los ojos de Faustino. Un proceso autodestructivo en el que la realización esquiva lo melodramático mediante las técnicas del thriller, que prosiguen hasta su devastadora última aparición en escena, en la que Faustino obnubilado amontona recortes de prensa y los recuenta como si de un fajo de billetes se tratara.

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“El don más hermoso es la verdad, pero en tiempos de Franco no se podía decir”. Son palabras del escritor Juan Antonio de Zunzunegui, cuya novela adapta El mundo sigue, uno de aquellos intelectuales de bases falangistas que se atrevieron a lanzar voces críticas durante la dictadura, como fue el caso también de Nieves Conde con la extraordinaria Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951), de la que como indica Mario Iglesias en su crítica en Tierra Filme, El mundo sigue bien podría ser su continuación una década después. Pero pese a cierto estilo documental, presente desde el inicio en el retrato de las calles y gentes madrileñas, Fernán Gómez no aspira a un enfoque cinematográfico meramente costumbrista ni cercano al neorrealismo, sino que ansía alcanzar la verdad desde los formalismos de la puesta en escena, desplegando sus capacidades más experimentales y manieristas al servicio de un montaje y movimientos de cámara que acentúan la crónica negra de la sociedad, cuya magistral secuencia final aglutina de forma trágica. Alejándonos de aquel hogar consciente de que el NO-DO y la música en la radio seguirían sonando. Y de que el cine español no lo estaba contando.

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