Las cartas de Mia Hansen-Løve

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Uno puede ver las películas de Mia Hansen-Løve sabiendo que en algún momento del metraje la protagonista recibirá una carta y, generalmente, será una despedida. En Un amor de juventud (2011) estas cartas esperan en el buzón y el gesto de abrirlo una y otra vez acaba por marcar una transición hecha de espera, un tiempo suspendido que dará paso a una nueva versión de Camille. Le oímos a él (“me sigues allá donde voy, te busco mientras beso a otras”) y la vemos a ella pasando por un invierno ausente, asimilando la pérdida progresiva que significa recibir cada vez menos cartas, escucharle cada vez menos, hasta que el buzón deje de importar.

Un amor de juventud

En El padre de mis hijos (2009) la carta no se recibe, sencillamente se encuentra. Habla Grégoire, el padre de la protagonista, y contesta Isabelle, la amante. La carta, guardada junto a otras en el altillo de un armario, llega del pasado para explicar un acontecimiento que oscurece la figura del progenitor recién fallecido (recién suicidado). Son apenas unas líneas que enturbian la memoria y plantean qué es lo que verdaderamente permanecerá de una vida. Los rastros de amor, felicidad y deudas quedan escritos, fechados el 22 de febrero de 1989. Lo dicho el día después, el 23, ya nunca se sabrá.

El padre de mis hijos

Las cartas de Eden (2014) también se muestran y son leídas en voz alta, pero los que escriben esta vez aparecen en imagen, es decir, el recuerdo no solo es audible, sino también se hace presente. Si el estado de ánimo natural del cine de Mia Hansen Løve es la melancolía, resulta coherente que sus personajes se abran unos a otros a través de un dispositivo que evoca de inmediato esa debilidad romántica. Las cartas pertenecen al pasado tecnológico y también al pasado del cine, al presente literario. “Las cartas y la escritura han sido muy importantes en mi vida”, dice la directora. Y se nota en el guion que quien habla a través de una carta (sea Sullivan, Isabelle o Julia) está encontrando un espacio para decir algo que no podría contar de otra manera. Ocurre, y esto es lo curioso –lo realmente melancólico–, que en las películas de Mia Hansen-Løve se reciben más cartas de las que se escriben. Llegan más despedidas de las que se envían.

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