Con falda y a lo loco: Pon música que voy al baño

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“A veces desearía que mi vida fuera como una película. Así nunca tendría que preocuparme de mi pelo o de tener que ir al baño.”

Con derecho a roce (Friends With Benefits, 2011)

Nunca he sido realmente buena en algo. Nunca. No tengo una cualidad que destacar, ni una habilidad especial, ni tampoco fui condecorada con ningún tipo de don. Lo único que poseo, para enfrentarme a nuestra implacable sociedad, es una alergia a seres adorables, una fachada aniñada y una extraordinaria imaginación para lo sombrío. En resumen, una completa inepta para Darwin. Menos mal que me reencontré con Matthew McConaughey en True Detective (2014). El actor, que demostró ser mucho más que la cara bonita de las comedias románticas, me ayudó a tropezar con mi esencia con eso de: «La vida es lo suficientemente larga para ser bueno en una sola cosa. Así que elige bien en qué quieres ser bueno». Me di cuenta; solo me quedaba explotar mi mayor habilidad, según mi madre: hablar de caca, cuando menos encarta.

Según un estudio casero, que he realizado en los últimos meses, una persona acude al baño cerca de siete veces al día, y más de la mitad de ellas, para realizar alguna de sus necesidades vitales: orinar, defecar u orinar y defecar. Esto es una realidad -a los datos me remito-, y no es menester avergonzarse por ello, aunque la sociedad y el cine se empeñen en no estar de acuerdo. Ambos se aliaron para crear el tabú que acecha a uno de los santuarios de inspiración más relevantes del hogar: el escusado. Cierto es que hay películas en las que aparece como localización, pero el orden de uso suele ser: Sexo, drogas, asesinatos y, ya si eso, desagüe de necesidades fisiológicas.

Seamos sinceros ¿Para qué pisáis más veces el baño?

Por un lado están las comedias románticas. Este tipo de cintas se caracterizan por hacerle bullying al váter -siempre buscan la carcajada a su costa, nunca se ríen con él-. El quid de todo este problema está en las escenas que se representan: las mismas que a todos nos horrorizaría protagonizar en la vida real y que refuerzan la idea de aquellos que ven “ir al baño” de una forma grosera y sucia -de ahí que por Internet se puedan encontrar manuales para defecar en casas ajenas-.

Lo que muchos no saben es que gracias a una escena de retrete Ben Stiller por fin fue reconocido como el gran actor que es. No fue Steven Spielberg con El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987) ni su propio Show en la HBO (The Ben Stiller Show, 1992) quien le propició la fama, fue la escalofriante escena de Algo pasa con Mary (There’s Something About Mary, 1998) en la que Ben se pilla sus genitales con la cremallera y acaba siendo la comidilla de todo el barrio. Seis años después, el Dios de las escenas de baño, volvió a hacer de las suyas en Y entonces llegó ella (Along Came Polly, 2004).

Pero este es un caso de muchos. La mayoría de las veces, el inodoro no se usa para lo que Alexander Cummings le hubiera gustado. En él es donde se suelen ocultar los defectos, miedos y preocupaciones de los personajes –recordemos el capítulo de Friends, (1994) en el que Ross se tiene que pelear con sus pantalones de cuero–; donde se confiesan sus secretos al más puro estilo de Emma Stone en Rumores y mentiras (Easy A, 2010); o donde los geeks de las películas adolescentes se refugian de sus Bullies. Nada de orinar, nada de cagar.

Es por cosas como esta que la perfecta relación entre Marshall y Lily de Cómo conocí a vuestra madre (How I met your Mother, 2005), se pusiera en entredicho aquel día que su amor se quedó encerrado en el baño y pronunció esa frase que ninguno de los dos quería escuchar: “tengo que hacer pis delante de ti”. A ver, no es que yo pretenda que toda las parejas sean como la de The Proposition –una de las historias de Movie 43 (2013), donde ella le pide a él que para demostrarle todo lo que la quiere le practique la cropofilia, vamos que le cague encima durante el sexo–. Ni tanto, ni tan poco, pero si vamos a hablar de parejas perfectas e inodoros, vamos a dejárselo a Judd Apatow. La excelencia tiene nombres y apellidos: Paul Rudd y Leslie Mann en Si fuera fácil (This is 40, 2012). En ella usar el retrete no es sinónimo ni de amparo, ni de soledad y mucho menos de llamar a la puerta. Y es que Judd nunca decepciona.

Pero en el baño no son todos risas, también hay un sitio para lo oscuro y lo perverso. Por otra lado, están las míticas escenas de terror como la de Psicosis (Psycho, 1960) de Alfred Hitchcock –chin chin chin–; las de intriga y tensión, como la que protagonizó Saul Berenson en la última temporada de Homeland (2011) –cuando los hombres de Haqqani lo secuestraron en el servicio de un aeropuerto, marcando uno de los momentos más tensos de la serie–; las que muestran la miseria humana como el aseo del parking donde duermen Will Smith y su hijo en En busca de la felicidad (The Pursuit of Happynnes, 2006); y luego están las escenas que realmente dan miedo, de esas que te ponen los bellos de punta, porque recordemos que no siempre existieron los pestillos.

[¡ATENCIÓN, SPOILER de la cuarta temporada de Juego de tronos!]

Quien piense que lo más humillante que le puede pasar es atascar un retrete ajeno, es que no recuerda la muerte de Tywyn Bannister a manos de su propio hijo en la cuarta temporada de Juego de tronos (Game of Thrones, 2011) –que precisamente sucedió ahí, en el trono–.

[youtube https://youtu.be/otKLaeihOQ8 w=675]

Y finalmente están los grandes, los naturales, los transparentes, los que no se cortan y cuentan las cosas tal cual son. El podio de las escenas de baños más francas y espontáneas lo comparten Paul Abbott y mi querida y nunca sobrevalorada Lena Dunham –ambos cogen el límite entre lo cómico, lo dramático y lo terrorífico, lo arrojan al retrete y tiran de la cisterna–. Abbott es el creador de Shameless (2004), una serie que comencé a ver solo por su cabecera. En ella muestra las distintas vivencias de una familia, algo peculiar, en el lugar más íntimo -o no- de su hogar, lo que describe muy bien el alma de la serie: algo distinto, sin aprensiones ni delicadezas y sucia a la par de brillante.

Más conocida es la naturalidad y el exhibicionismo de Dunham ante la cámara. En Girls (2012) raro es el episodio en el que no aparezca un váter ya sea para una necesidad, un diálogo trascendental o simplemente para que no pase absolutamente nada. De hecho, está tan comprometida con la causa, que cuando la historia no permite tener un inodoro cerca, se saca las castañas de fuego para seguir manteniendo su esencia. ¿Sigues pensando no es necesaria una temporada más de Girls?

Seguro que después de toda esta parrafada, habrá quienes sigan viendo ordinario eso de ir al baño, para ellos me queda mi última carta: La poesía. Y no hablo de cuando Billy Bob Thornton en Fargo (2014) mandó a la mismísima mierda a un tipo sin decirle absolutamente nada –tan solo se bajó los pantalones, se sentó en el retrete y limpió su intestino delante de aquel señor que lo amenazaba de muerte–. Pero no, no hablo de eso; hablo de otro tipo de poesía: David Trueba. Un hombre con la sensibilidad suficiente para convertir este rechazado rincón en algo agradable. En Madrid, 1987 (2011) encierra a un veterano periodista, José Sacristán, y a una joven estudiante, María Valverde, en un baño donde debido a la historia ambos protagonistas están semidesnudos durante toda la cinta.

Antes de aceptar el papel, Sacristán le hizo prometer al director que en ningún momento iba a hacer el ridículo. Trueba no solo lo prometió sino que hizo algo mucho más valiente y complicado: lo cumplió. Consigue que estemos cómodos en un cuarto de baño con extraños; que veamos de lo más normal que tras horas encerrados tengan que hacer sus necesidades el uno ante el otro, ante nosotros. Incluso, consigue que sintamos envidia de lo bonito, de lo mágico, de lo poético y hasta de lo romántico.

Quizás de eso se trata, de que cada uno encuentre a la persona que consiga hacer extraordinario hasta el rincón más infecto y repugnante.

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