Mia Hansen-Løve: Filmografía

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Hablar de Mia Hansen-Løve (París, 1981) es descifrar una de las voces más personales del cine francés contemporáneo, al que llegó como actriz en dos películas de Olivier Assayas, Finales de agosto, principios de septiembre (1998) y Los destinos sentimentales (2000), cineasta con quien posteriormente se acabaría casando. A continuación abandonó los estudios de interpretación para escribir en Cahiers du Cinéma, donde descubriría, como no podía ser de otra manera, que su sitio estaba detrás de una cámara. Sus películas surgen de un proceso creativo en el que constantemente vuelca parte de su vida y la de los que la rodean, que nos permite contemplar a través de un estilo impresionista marcado dramática y narrativamente por el paso del tiempo. Con una solidez insólita para su edad, ha dado forma a una todavía breve pero extraordinaria filmografía que reseñamos (y correspondemos) desde su ópera prima Todo está perdonado (2007) al reciente estreno en nuestras salas de Eden (2014).

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Puentes en el tiempo

por Antonio M. Arenas

Atardece en Viena. De vuelta a casa Victor sostiene cariñosamente entre sus brazos a su hija, a la que no se resiste a contar que aquel otro puente como el que están cruzando colapsó hace años, hundiéndose y dejando a su paso un reguero de muertos. Asustada ante esa idea, que todavía no puede asimilar con tanta crudeza, la pequeña Pamela pregunta a su madre si de verdad los puentes se derrumban, negándose con enfado a creerlo. Lo hacen, ya han empezado a derrumbarse aunque ella no sea consciente para saberlo.

Con su ópera prima Mia Hansen-Løve tiende puentes en el tiempo a sus protagonistas, padre e hija, por medio de un planteamiento estilístico al que volverá en el resto de sus películas hasta la fecha, dividiendo su estructura en compartimentos temporales estancos, separados por años o meses entre sí, de cuya imposibilidad de comunicarse surge una conexión nueva. Este mecanismo determina la narración y sus quiebros dramáticos, pero lo hace sin subrayados ni maniqueismos, confiando con sutileza en la descripción de cada escena y en la evolución interior de sus personajes.

Si durante el transcurso de Todo está perdonado (Tout est pardonné, 2007) contemplamos con naturalidad el progresivo e irrefrenable alejamiento de Victor de su familia, presa de un amor fou condenado a la autodestrucción, llegada la tercera parte asistimos a la proyección de su hija sobre aquella figura ausente a la que ansía reencontrar. Pamela guarda algún recuerdo, pero en realidad no conoce a su padre, tampoco sabemos si lo acabará haciendo. Hansen-Løve nos invita a reconstruir el pasado junto a ella, a aceptar su imperfección, reconciliarse con su vacío, llenarlo con paseos a su lado, cartas y poemas. Por ello en el último plano de la película, donde Pamela sale a caminar por el campo tras una comida familiar, aunque a nuestros ojos parezca hacerlo sola, lo hace sobre un puente inderrumbable. El que ha tejido en su memoria.

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Vivir a través del cine

por Omar Santana

El segundo trabajo de Mia Hansen-Løve podría hermanarse con su film más reciente. Si en Eden realiza un retrato generacional en torno a un protagonista DJ, El padre de mis hijos (Le père de mes enfants, 2009) gira en torno a un productor de cine, profesiones ambas idealizadas y denostadas a partes iguales, que la directora retrata con una mirada realista sin esconder su cara más amarga y las implicaciones que tienen en la vida de sus protagonistas.

La joven directora francesa homenajea al productor francés Humbert Balsan alejándose del biopic y la hagiografía para construir un relato basado en su vida pero que se erige con personalidad propia a través del personaje de Grégoire, productor entregado a su oficio en su vertiente más artística, pero incapaz de escapar a la vorágine de llamadas, reuniones y malabares económicos para completar sus proyectos que acompañan a la profesión. La otra esfera de su vida pertenece a su familia, a la que se entrega con similar devoción, pero que no puede aislarse de su trabajo, a pesar de los kilómetros de carretera que separan la oficina de su hogar. En ese difícil equilibrio se mueve el film, aportando una mirada crítica a la industria cinematográfica y las especies que lo pueblan a la vez que se acerca con delicadeza a la vida personal e inquietudes de sus personajes.

Entonces es cuando Mia utiliza el mismo recurso que ya usaran Antonioni y Hitchcock en el año 1960 y cambia la dirección del film, abriéndose a un nuevo tono. Desde aquí se da paso a interesantes reflexiones en torno a la manera de afrontar la ausencia, las historias que quedan sin contar y la posibilidad de llegar a conocer a alguien a través de su trabajo. En esta segunda mitad los personajes pasean por el encuadre buscando su lugar en la pantalla y en su mundo, y las palabras dejan paso a un montaje que puede parecer fruto del azar y sin embargo demuestra la sensibilidad y saber hacer de una directora con una marcada identidad artística y la capacidad de manejar emotivos dramas alejándose de falsas afectaciones.

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El río de la vida

por Omar Santana

Mia Hansen-Løve nunca ha escondido el carácter autobiográfico de la mayor parte de su filmografía, lo cual resulta interesante no ya como elemento extracinematográfico (más de un espectador estará tentado de leer a cierto personaje como trasunto del director Olivier Assayas) sino porque revela de dónde procede la excepcional sensibilidad con que la directora maneja a los personajes y relatos que construye, en este caso el de Camille y su camino de madurez y educación sentimental.

No resulta extraño pensar en Boyhood (Richard Linklater, 2014) durante el visionado de Un amour de jeunesse (2011), pues ambas comparten una temática y enfoque similar. Aunque el film de la directora francesa carezca de la ambiciosa apuesta del dirigido por Linklater, su gran acierto consiste en el rechazo de lo explícito. En las manos de Mia la imagen de una carta en un buzón puede ser mucho más poderosa que el texto que esta contiene. Aunque no faltan diálogos a lo largo del metraje, los mejores momentos están protagonizados por imágenes mudas, siendo las elipsis y un montaje sobrio y elegante los principales elementos sobre los que se erige la película. Cuando las acciones de los personajes gritan sus sentimientos, no hay necesidad alguna de palabras.

Con esos mimbres teje la directora la historia de unos personajes que a pesar de su carácter a menudo contradictorio y el hecho de abarcar un amplio periodo de tiempo no da signos de agotamiento, debido a que en todo momento los trata con respeto y comprensión. El pausado devenir de los hechos y la decisión de huir de los golpes de efecto le permiten cerrar el film con la imagen de un río, que funciona como una hermosa metáfora sobre el carácter pasajero de las relaciones que se establecen durante la vida, imagen que en otras manos probablemente hubiese tenido un efecto impostado. Cuestión, una vez más, de sensibilidad.

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Un pequeño silbido

por Antonio M. Arenas

Hubo algo en aquella madrugada de noviembre de 1992 que sabía distinto. El paseo de vuelta a casa se andaba a otra velocidad, el deseo de que la noche no acabara flotaba tan fuerte que incluso el color hizo presencia en el aleteo de algún pajarillo, presagiando que nunca más volvería a hacerse de día. Su sonido era una melodía suave, un pequeño silbido… Es la descripción con la que Paul pregunta al DJ de la sesión por la música que acababa de escuchar, hasta entonces desconocida pero que ya no podría salir jamás de su cabeza. Será también el ritmo con el que fluirá el paso del tiempo en la película de Mia Hansen-Løve, una melodía suave que recorre la historia del French Touch y la vida de su DJ protagonista durante más de dos décadas, hasta hacerle perder todo contacto con la realidad.

Inspirándose en la propia vida de su hermano Sven, que co-escribe el guión y al que suponemos pertenece el material de vídeo casero que hace presencia en una de las últimas transiciones temporales, Mia Hansen-Løve contempla y revive su existencia desde cierta distancia fraternal, dedicando una mirada compasiva pero en absoluto dulcificadora a la experiencia de su hermano, sin renunciar a un enfoque representativo de la generación que formó parte del movimiento musical y nocturno de la época. Enfoque para el que, por supuesto, el uso de la música cobra gran relevancia. La selección de temas además de cuidada parece abordar dos mecanismos, por un lado dejando fluir el montaje y describiendo la época sin necesidad de situar temporalmente cada secuencia, pero por otro representando en sus letras el mundo interior de su protagonista. Una decisión que parece repetirse en varias ocasiones y que alcanza su punto más álgido cuando Paul cobra por primera vez distancia del mundo en el que ha estado inmerso, expuesto mediante una panorámica de 360º mientras que es ahora una DJ quien hace sonar en su portátil Within de Daft Punk, cuyas canciones e incluso su presencia recorren en paralelo la narración como anverso de su trayectoria.

Pese a los largos años que abarca su guión y presa de una fuerte melancolía generacional (que pone en escena precisamente con la nueva generación de intérpretes franceses, representada por Vincent Macaigne), no es el de Eden precisamente un relato épico al uso, de auge y caída como tienden a ser las grandes epopeyas y biopics con la industria musical de fondo, de ostentosa ambientación y estructura; sino uno íntimo, equilibrando aparentes éxitos profesionales con profundas renuncias personales, sin grandes sacudidas dramáticas, en off y construido en base a pequeños detalles, aquellos importantes aunque en aquel momento no lo parecieran: cartas, poemas, viajes, despedidas, canciones, reencuentros… Suspiros de tiempo que su directora encapsula dividiendo la película en dos mitades, Paradise garage y Lost in music. La primera, más vital, juvenil e inconsciente, que no en vano ya atisba entre juerga y juerga nocturna un futuro desolador; la segunda, abordando el fracaso, su aceptación y la imposibilidad de volver al mundo real, ambas partes cara de la misma moneda, la de vivir una pasión desbordante y el vacío cuando se esfuma. Como define su protagonista una de sus canciones, Eden se sitúa en el lugar exacto entre la euforia y la melancolía, al igual que el cine de Mia Hansen-Løve lo hace entre el presente continuo y el pasado imperfecto.

I’ve been for sometime
looking for someone
I need to know now
Please tell me who I am

Daft Punk – Within

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