Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

Escrito por

Vivir rodando

Es complicado pensar que en nuestra etapa equivalente al High School norteamericano podíamos estar compartiendo pupitre (sin saberlo) con alguien cuyo salvapantallas fuese la famosa secuencia final de Los 400 golpes (François Truffaut, 1959). Concebir siquiera, no que ese alguien re-visionase la película buscando respuestas con las que calmar su crisis de identidad adolescente, sino que tuviese noticia de ese cine, su concepción artística y su fuente de inspiración vital. Honestamente, si realmente lo hubiésemos tenido tan cerca, no habría sido fácil darse cuenta.

Me and Earl

Por fortuna, en Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl, 2015) no se olvida que por mucho que la concepción del mundo de un joven de 17 años navegue entre el expresionismo alemán y la Nouvelle Vague, el centro de ese mundo será siempre él mismo, inmerso en una etapa egocéntrica en la que intenta descifrar quién es y qué es lo que quiere hacer en el futuro.

De cualquier otra forma la película de Alfonso Gómez-Rejón parecería impostada, abusiva en sus referencias cinéfilas y sentimental en la peor acepción del término. Lo sería si Greg, su protagonista, hubiese sido ese improbable marciano dentro de su universo propio, genio creador enamorado del cine y totalmente despreocupado por la opinión de los demás. Esta es la principal virtud del guion y su traslación al espectador: la capacidad de crear personajes complejos pero creíbles, equidistantes entre el arquetipo y la utopía indie entre la que tantos directores aspiran a crear un estilo propio juntando pequeños trozos de lo ajeno.

Ahí está el equilibrio entre Greg, Earl, y Rachel, cuyas personalidades en constante fricción se superponen al posible drama sociocultural de instituto americano (tantas veces experimentado) que podría haberse temido en un primer momento. La amistad que surge entre Greg y Rachel, una compañera de instituto enferma de leucemia, podía haber tomado tantos derroteros erráticos como los que el propio Earl se encarga de esquivar en su narración de lo que él mismo considera como “una historia absurda”.

dying1

No sería justo hablar de tics del cine indie con respecto a recursos o características de los personajes que podrían retrotraernos a títulos como Rebobine por favor (Michel Gondry, 2008) cuando estos funcionan y tienen sentido dentro de la propia narración. Algunas de las películas paródicas del dúo Greg-Earl, como Clocksock Organge (algo así como El Calcetín mecánico), podrían tener también gran valor meta-cinematográfico si lo pensamos fríamente. Así como Rachel (The Dying Girl en un infinitamente mejor título original) buscaba la empatía verdadera y no la pena de su amigo Greg, la misma intención tiene la película, en todo momento cercana, agridulce, pero sobre todo honesta, como el propio Greg.

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