Una pastelería en Tokio

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El sabor de los cerezos

An, el escueto título original de la película de Kawase, hace referencia a una salsa dulce de judías que sirve de relleno para los dorayakis, unos pastelitos japoneses que la generación que crecimos con las televisiones autonómicas conocemos bien gracias a la serie Doraemon (1979). Ante el desconocimiento de este dulce por el paladar occidental y siguiendo un criterio pedagógico, el filme ha sido titulado internacionalmente como Sweet Red Bean Paste y en nuestro país como Una pastelería en Tokio, siguiendo un criterio más comercial. Lanzando una recomendación inútil al aire, la película bien podría haberse llamado Una pastelería entre cerezos, pues es el árbol -más que la ciudad- la que influye de manera decisiva en la película.

Es la primera vez que Naomi Kawase realiza una adaptación, en este caso de una novela, entregando con Una pastelería en Tokio la que puede ser su obra más accesible, un pequeño giro en su trayectoria a un camino más amplio y con menos recovecos. Dados los reproches de los que está siendo objeto por esta decisión, cabría preguntarse hasta qué punto un cineasta es prisionero de su filmografía. Que estemos ante una película para todos los públicos -entiéndase por pluralidad de miradas, no de edad- no es necesariamente malo, lo sería si renunciara a su estilo pero en esta ocasión su caligrafía es fácilmente reconocible.

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En esta historia convergen un hombre de mediana edad que regenta una pastelería sin demasiada vocación, una anciana un tanto especial que empieza a trabajar en ella debido a su mano con la famosa salsa y una adolescente algo desorientada que pulula por la pastelería sin una intención clara. De la relación entre los tres surgirán viejos secretos, nuevas confidencias y relaciones especiales. El desarrollo de la trama pone en marcha todos los mecanismos sentimentales de un guión de este estilo, una historia que puede antojarse demasiado convencional para el sello Kawase, pero ahí radica precisamente la fortaleza de la película. No dudamos que este mismo material en manos de cualquier director tendría muchas posibilidades de convertirse en un festín sensiblero pero Kawase aplica una mirada particular que dosifica bien las emociones y supedita el guión a su construcción visual.

Desde el primer momento se vale de planos muy cercanos a los protagonistas, pega la cámara a sus rostros y cuerpos con una doble función: enfatizar las emociones y recluírlos visualmente. En este sentido desenfoca los fondos para descontextualizarlos y se encierra en la ya de por sí claustrofóbica tienda. Por la composición de los planos sabemos que estamos ante personajes aislados, presos en la cárcel sin barreras de una pequeña pastelería. Es cuando la anciana entra en escena, cuando Kawase se centra en trasladar a los sentidos la elaboración de la salsa de judías hasta el punto que la podemos saborear y oler. Según va ganando protagonismo la mujer la historia se va oxigenando poco a poco, su visión contemplativa de la vida comienza a contagiar a las propias imágenes de la película. A medida que se arroja luz sobre las heridas de los personajes y descubrimos que cada uno soporta su propia condena la imagen evoluciona, se abren los personajes y con ellos los planos, gana protagonismo la naturaleza: el sol, la luna, los cerezos… y descubrimos de la mano de la anciana que los muros de nuestra cárcel particular son tan grandes como nosotros queramos que sean.

Es evidente que Una pastelería en Tokio está influenciada por cierta filosofía oriental, por la relación del individuo con el entorno. Quizá la historia sólo funcione bajo esa tradición cultural japonesa y quizá sólo Kawase sea capaz de acertar con el punto de dulzor para no empachar al espectador. En cualquier caso, no tiene sentido preguntarse “qué pasaría si…”, el hecho es que estamos ante una película de Naomi Kawase y esa es razón suficiente para probar los dichosos dorayakis aunque no seamos mucho de dulce.

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