La novia

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Hipertrofia de atavismo

La directora zaragozana Paula Ortiz ya expuso en su primer largometraje cuales serían sus prioridades narrativas y formales. De tu ventana a la mía (2011) se antojaba una suerte de reivindicación de cierta feminidad doliente, inmutable a través de los tiempos, que se adentraba en el sentimentalismo sin temor al ridículo ni al exceso, manteniendo Instagram como principal referente cromático y con el subrayado y el desprecio de la sutileza como principales referentes narrativos. Con un precedente de tan dudosa valía, seguramente la recepción de La novia (Paula Ortiz, 2015) no hubiera ido más allá de una nota a pie de página en el anuario del cine español, de no ser por las aclamaciones sin medida que cosechó en el último Festival de San Sebastián, desde donde camuflada en una sección paralela de criterio tan ancho como Zabaltegi, se ha encontrado dos días después de su estreno con una avalancha de nominaciones a los Goya. Por tanto, es imposible abordarla obviando la condición de fenómeno en que se ha convertido.

La novia - Paula Ortiz

La novia pretende ser una adaptación de Bodas de sangre, obra teatral de Federico García Lorca, y aunque no conociésemos este hecho, resultaría difícil no deducirlo tras detectar una presencia de elementos lorquianos exagerada, desde los cristales que se descomponen a cámara lenta (siguiendo una cadencia semejante a los balones de fútbol que rodaban en el aire durante interminables minutos en la serie de animación Campeones), hasta diversos y recreados planos de la luna, pasando por los caballos, la sangre, el fuego, la venganza, la danza, la música y un etcétera tan largo que, tal vez, podríamos concluir que más que una adaptación de la conocida pieza del poeta granadino asesinado en 1936, nos encontramos ante una recopilación de la mayor cantidad de referencias lorquianas posibles, sin importar demasiado su funcionalidad narrativa ni los riesgos de hipertrofia que la conducen a los límites de lo soportable.

Del mismo modo, la opción de Paula Ortiz por respetar la literalidad de los diálogos de la obra original es algo que lastra de forma irremediable la interpretación de actores de dicción tan inadecuada como Álex García y, muy especialmente, Asier Etxeandia, que sin ninguna convicción parecen encontrarse ante una complicada lectura en voz alta y cuya comprensión del profundo significado de los parlamentos que declaman se antoja, como mínimo, discutible.

La novia

La apuesta de La novia por adentrarse en el atavismo adolece de la incoherencia de ofrecer una estética que se contradice de forma extrema con la supuesta presencia de fuerzas telúricas, capaces de arrastrar el destino de los protagonistas pero a golpe de imagen digital, ralentizaciones a capricho, un contexto etéreo y una ausencia de convicción que no lastra solo a los actores masculinos: si Inma Cuesta parece ubicarse de mejor manera en este escenario, el rostro lastimero del que hace gala durante buena parte del metraje tampoco favorece una inmersión en este arrebatado universo, cuyo anacronismo merecería otro dominio de las formas, otra coherencia entre forma y fondo, otra sutileza. En definitiva, otra película.

Si partimos de la base de que el cine es un arte, con un lenguaje propio y unas formas de narrar singulares, no podemos más que desechar por completo el intento de Paula Ortiz de ofrecernos en esta ocasión una obra de valía. Pero si caemos en la tentación de usar la figura de Federico García Lorca como carta de legitimación y dejamos de lado el criterio cinematográfico, deberíamos recordar otro producto, de valía igualmente discutible pero mucho más efectivo para divulgar al autor de Poeta en Nueva York: la canción Hijo de la luna de Mecano. Más coherente, más pequeña, más auténtica y lo que es más importante, consciente de su papel como producto de consumo. El reverso opuesto de La novia.

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