Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza

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El testigo perdido en el tiempo

Hay en El despertar de la fuerza, nuevo y más flamante episodio de La guerra de las galaxias, dos momentos que sintetizan mediante su propia iconografía las intenciones de J.J. Abrams para con el inesperado renacer de la saga. La primera es la imponente visión de un destructor imperial sepultado bajo la arena de un planeta desértico. La segunda, que el refugio de la protagonista sea de nuevo una de las ya obsoletas piezas de maquinaria de un tiempo olvidado.

La condición de Abrams de pupilo aventajado de aquel cine con que creció, entre cuyos títulos se encontraba la trilogía original de la saga galáctica iniciada por George Lucas hace mucho tiempo, es la que le ha permitido evocar con tamaño respeto y admiración hacia el material de partida la sensación de aventuras imposibles, destinos enfrentados y una exploración de la mitología primigenia que se veía sepultada en las conocidas como precuelas por el vasallaje del armatoste digital, reducido aquí a lo estrictamente indispensable, resultando por tanto en una bienvenida debilidad y gusto por lo tangible.

Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza

Porque ante todo en El despertar de la fuerza encontramos una clara y perfectamente autoconsciente vocación por echar la vista atrás. No sólo en cuanto al ya referido uso de efectos artesanales en buena parte de su metraje, también en su estructura y planteamiento. El tributo es tal que hasta los escenarios siguen los arquetipos de los originales, certificando al desierto, el bosque y la nieve como parajes señalados para la aventura.

La apropiación de Disney de estas películas, cual malvado imperio galáctico, nos hacía temer lo peor respecto a la infantilización de la saga y a la preponderancia de lo joven sobre lo anciano. El lugar absolutamente central que algunos de los rostros del pasado ocupan en este nuevo episodio ha acabado por ahuyentar los miedos a ese respecto, junto a la sabia y muy acertada elección de casting de los nuevos integrantes, a la espera de una mayor profundización en episodios venideros.

Que el guion, firmado a dos bandas por Abrams y el acólito de la saga –y responsable de sus mayores triunfos– Lawrence Kasdan, se permita jugar con la idea de los acontecimientos acaecidos en las cintas originales aportándoles la trascendencia de las fábulas y leyendas, sitúa a ésta, junto a la escena final, no como recipiente de un testigo perdido en el tiempo, sino como flamante ajuste de cuentas con un pasado lejano que desde ya vuelve a mirar hacia delante.

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