Festival de Locarno 2016 (III): La idea de un lago (Milagros Mumenthaler), O Ornitólogo (João Pedro Rodrigues), El auge del humano (Eduardo Williams)

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En algún lugar alguien nos está observando

Si por algo se caracteriza el Festival de Locarno es por llevar el cine a sus límites. Forzarlos provoca nuevas visiones en términos de puesta en escena y puntos de vista narrativos, algo que hemos podido comprobar en la inquietud común de esta y anteriores ediciones al afrontar la visión de un animal, por poner un ejemplo. Esa contínua búsqueda formal une a las películas de esta tercera crónica, ya sea desde la ensoñadora mirada con la que Milagros Mumenthaler afronta las desapariciones durante la dictadura militar argentina en La idea de un lago; la transformación del hostil entorno físico y espiritual en O Ornitólogo de João Pedro Rodrigues; y el extrañamiento tecnológico del debutante cineasta argentino Eduardo Williams con El auge del humano.

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La idea de un lago (Milagros Mumenthaler) – Concorso internazionale

Cuesta encontrar las palabras apropiadas para abordar una película que piensa la imagen de una manera tan evocadora, logrando desde la puesta en escena otra forma de reconstruir nuestra relación con el pasado, la memoria y nuestros seres queridos. Cómo afrontar en imágenes el vacío dejado por las desapariciones durante la dictadura militar argentina es la pregunta que la cineasta argentina Milagros Mumenthaler se formula en su segunda película, La idea de un lago, con la que regresa a Locarno tras ganar el Leopardo de Oro por Abrir puertas y ventanas en 2011. Pero no se la formula en voz alta, imponiendo el gran tema al relato ni condicionando al espectador, en absoluto. Es una cuestión que se susurra en voz baja, a la que llega mediante sugerentes desvíos de la narración, recuerdos difusos, silencios incómodos en cada conversación y dudas por resolver en el presente, que se plasman por medio de fugas ligadas al realismo mágico o la fantasía, bajo las que se esconden los traumas de una infancia marcada por la ausencia.

No en vano, su protagonista es una fotógrafa cuya obra que acaba de publicar recorre esa pulsión, la de pensar las imágenes y los recuerdos que tiene de su padre. Mezclando su testimonio a cámara en primera persona con ensoñaciones y recuerdos de la infancia que invaden su presente, como si asistiéramos a una película que se proyecta en el interior de su cabeza, Mumenthaler diluye la narración en el montaje para dejar que esa memoria cobre vida antes de que sus personajes estén preparados para afrontarla. Una reflexión que se amplía al conjunto de la sociedad contemporánea al comprobar que la desaparición del padre sacude a sus familiares en el presente; a una madre que todavía contempla o imagina su regreso, como a sus hijos, lastrados por la dificultad de mantener relaciones duraderas ante la perspectiva de la maternidad.

Con su puesta en escena La idea de un lago pone en imágenes lo que no pudo registrarse y devuelve el misterio de aquellos que ya no están presentes, lográndolo de un modo que solo puede hacer el cine. Los ecos a Erice presentes en los ojos de la pequeña Inés nos remiten a la Ana Torrent de El espíritu de la colmena, así como la búsqueda del padre ausente a la Estrella de El Sur parece iluminar secretamente su camino. Los versos de Lorca resuenan en uno de los momentos más bellos del film, impregnado de musicalidad, encontrando a Tati en otra de tantas escenas proclives a la fantasía con las que Mumenthaler nos invita a jugar con nuestra memoria para habitarla, algo que en ocasiones solo pueden hacer las imágenes. O su idea.

O Ornitólogo (João Pedro Rodrigues)

O Ornitólogo (João Pedro Rodrigues) – Concorso internazionale

Como su propio título advierte, durante los minutos iniciales O ornitólogo toma la forma de un riguroso estudio sobre ornitología, siguiendo la investigación de su protagonista, Paul Hamy, que enumera las aves en torno a un río en una de sus habituales incursiones. Pero el desconcierto comienza a hacer presencia con el cuidadísimo apartado sonoro y el inquietante uso de la música, así como desde el extrañamiento que provoca el punto de vista, con planos que parecen proceder desde la perspectiva animal o del propio bosque. Son solo las primeras señales del reto cómplice que propone João Pedro Rodrigues al espectador, un viaje de no retorno donde la realidad y la espiritualidad se funden.

Envuelto en una lucha por su superviencia, rodada irónicamente en formato cinemascope como si de un western se tratara, el protagonista advertirá la presencia de peligrosos rituales paganos, animales sagrados, turistas chinas haciendo el Camino de Santiago y otros seres mitológicos que cuestionaran su sentido de la religiosidad. Rodrigues pone en juego conceptos como la tranbsustanciación, entregándose al cuerpo de su protagonista en sus encuentros homosexuales, así como en la sangre, con la muerte acechando a una trama tan lúdica como insólita, que propone la transmutación de su protagonista en el mismísimo San Antonio de Padua.

Como era de esperar, se ha acudido a Guiradieu y El desconocido del lago para situar el ultimo trabajo del cineasta portugués, pero diría que no se pueden encontrar en coordenadas más opuestas, estaríamos solo rascando la superficie. Donde Guiradieu ponía crueldad e inmisericordia, Rodrigues añade fantasía y sentido del humor. Si hay alguien a quien deberíamos citar sería en todo caso a Alejandro Jodorowsky, al que el festival realiza este año un homenaje, y con el que comparte ese espíritu provocador, blasfemo y sacrílego, pero que al mismo tiempo no deja de reflexionar imperiosamente sobre la necesidad de incorporar elementos espirituales a nuestras vidas. No es casualidad que el propio Rodrigues doble a su protagonista, en quien se reencarna como broma final de esta brillante travesía física y espiritual hacia la otra vida.

El auge del humano (Teddy Williams)

El auge del humano (Eduardo Williams) – Cineasti del presente

No es hasta pasados varios minutos de El auge del humano cuando comenzamos a plantearnos que algo funciona mal en el debut en el largometraje del cineasta argentino Eduardo Williams. Afortunadamente. La cámara parece regirse por sí misma, cobra entidad propia persiguiendo al que creemos su protagonista por diversas estancias a oscuras, en calles inundadas y parques, siempre a distancia, sin en apariencia más intención que esa, continuar observando.

Sospechamos que la cámara sigue en plano secuencia las inquietudes de una juventud argentina descontenta con su trabajo y perspectivas, que como si se tratara de una película de Larry Clark encuentra en internet una forma de ganarse la vida mostrando su cuerpo a desconocidos. Pero hay algo más que eso. En una decisión metalinguística sin precedentes, el protagonista contempla en la pantalla del ordenador a unos jóvenes mozambiqueños que practican los mismos juegos homosexuales. Tras terminar la sesión y sin romper la continuidad de la escena, la webcam que creíamos pantalla cobra vida y comienza a seguirlos. Una ruptura que volverá a llevar la narración más adelante de Mozambique hasta Filipinas, siguiendo el camino de una hormiga a través de la tierra. Dos saltos espacio-temporales de un riesgo inaudito, que sitúan El auge del humano en un nivel superior de experiencia cinematográfica.

En las tres realidades, situadas en tres continentes cuyos contextos subdesarrollados se encuentran expuestos a la tecnología, sus afectados, todos ellos jóvenes, se comportan presos de un virus que les lleva a abandonar sus trabajos, quehaceres diarios y entornos sociales por la necesidad de conectarse a internet. El exigente enfoque formal, de largos planos secuencia en Súper 16 mm repletos del grano y píxeles digitales, aporta un grado de extrañamiento y coherencia a esta indescifrable reflexión sobre la globalización tecnológica, al mismo tiempo que soberbio ejercicio de estilo.

Para concluir, y continuando la idea de ese otro que nos observa (o al que observamos) que conduce esta crónica, resulta preciso retomar la retrospectiva de la RFA con una de las pocas películas escogidas de la República Democrática Alemana. Y su presencia tiene un sentido muy nítido, aunque en cambio su vigencia cinematográfica sea más cuestionable. Se trata de Weisses Blut (Gottfried Kolditz, 1959), una visión desde el otro lado del muro sobre las consecuencias de la carrera armamentística nuclear de Estados Unidos en la Alemania Occidental, centrada en la gestión de sus mandos militares al ocultar la noticia de un militar expuesto a la radiación. Para nuestra desgracia, y salvo algún dardo envenenado en los diálogos, el carácter de propaganda anti-nuclear del film no estalla hasta el final, cuando el joven protagonista, al borde de la muerte, exclama ante la prensa y mirando a cámara un “¡Protegéos!” que revela el hasta entonces desaprovechado carácter de serie B de la propuesta, demasiado blanca y políticamente correcta.

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