SEFF 2016 (II): Le fils de Joseph (Eugène Green), Solo el fin del mundo (Xavier Dolan)

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En su último documental, titulado What Means Something, a concurso en Nuevas Olas No Ficción, Ben Rivers realiza un cariñoso retrato de la artista octogeneria Rose Wylie, cuya obra se hizo viral en el Reino Unido por sus pinturas de carácter juvenil y descuidado, que captaron el interés de estrellas de la moda, marcas de diseño y por supuesto del ámbito museístico. Una mujer de carácter estrambótico, que vive sola junto a sus gatos y pinta en las paredes o el suelo de su desordenado domicilio en Kent, alejada del mundanal ruido, a la que lejos de juzgar ni sobreinterpretar, Rivers simplemente filma en 16mm durante el proceso creativo de una de sus pinturas.

Con esta decisión tan sencilla provoca un mecanismo similar al que formamos en nuestra cabeza construyendo la obra de cualquier autor contemporáneo película tras película, pincelada tras pincelada, que lleva con tan distinto resultado a cineastas como Eugène Green y Xavier Dolan a extremar su personalidad tras las cámaras, convencidos de la necesidad de impregnar su autoría a las imágenes, algo que Wylie desmonta con cada decisión y mezcla insospechada de colores, dando fruto a una obra inclasificable, exclusivamente suya, pero probablemente alejada de nuestras expectativas y de las suyas durante su creación misma. Un arte libre como el cine español de la sección Resistencias, que nos permite vislumbrar los primeros pasos de directores como Antonio Morales con Marisa en los bosques o los últimos veranos de proyeccionistas como Miguel Ángel en la película de Leire Apellaniz, que como diría María Cañas, resisten lo irresistible.

Le fils de Joseph - Eugene Green

Le fils de Joseph (Eugène Green) – Sección oficial

Dividida en cuatro episodios que representan o invierten distintos motivos bíblicos, desde Abraham y el sacrificio de Isaac a San José el carpintero, Le fils de Joseph muestra desde su propio título una ambición alegórica por la que reinterpretar conceptos religiosos desde las bondades del arte y la bondad de las relaciones humanas. Con su reconocible hieratismo formal heredado de Bresson y Ozu, Eugène Green nos introduce a su joven protagonista en plena fase de rebeldía adolescente, marcada por la ausencia de su padre que le abandonó al nacer. Una ausencia que marca el devenir de la trama y sus ecos simbólicos.

El joven Vincent intentará llenar ese vacío encontrándole y vengándose cruelmente de él, ahora un prestigioso editor literario parisino interpretado por Mathieu Amalric, con el que la película ridiculiza el mundo de la alta cultura. Pero en su tío encontrará sin saberlo un cómplice, un amigo, quizá un padre, entablando una relación forjada alrededor de paseos, conversaciones, bromas y visitas al Louvre contemplando cuadros barrocos sobre los que la cámara de Green se detiene de forma fascinante. Una amistad similar a la que planteara en La sapienza, con la que además de compartir al mismo actor, Fabrizio Rongione, de nuevo provoca un intercambio de sabiduría y una iluminación vital en la inesperada relación paterno-filial, que pone en escena mediante primeros planos frontales con los que sus personajes aprenden a mirarse a los ojos y nos devuelven la fe en la humanidad. Ojalá el mundo fuera un poco más como las películas de Eugène Green.

Solo es el fin del mundo - Xavier Dolan

Solo el fin del mundo (Xavier Dolan) – Sección oficial

Hay películas que nos obligan a preguntarnos los motivos por los que hemos encumbrado a determinados cineastas, ya que corren el riesgo de volverse rápidamente en su contra. Xavier Dolan adapta la obra de Jean-Luc Lagarce con el único propósito de sacar a relucir sus fetiches visuales, convirtiendo en un exacerbado videoclip de noventa minutos de duración el drama interior de su protagonista, un joven que después de muchos años regresa a su hogar para anunciar a su familia la proximidad de su muerte. Solo el fin del mundo arranca con su mirada perdida desde un taxi a los suburbios y las gentes de la ciudad en la que creció. La música y el ritmo del montaje se acompasan como prolegómeno a un último reencuentro. Pero este apreciable recurso, lejos de ser una licencia, se convertirá en algo habitual a lo largo del film, las huidas musicales y la insistencia de la banda sonora sinfónica están por encima de las propias imágenes, subrayan la imposibilidad de su director dotarlas de una progresión dramática sin recurrir a conmocionar al espectador.

Para escapar del lenguaje teatral, pero ensimismándose en una carencia de recursos cinematográficos alarmante, Dolan soluciona la puesta en escena mediante un montaje de aberrantes primeros planos, tratando siempre de ocultar el rostro de su protagonista, con el que encierra y retuerce la composición de sus personajes, ahogando su posible desarrollo. Dolan se excede tanto en la intensidad de los sentimientos de esa familia que al final solo queda lo superfluo (el histerismo, el maquillaje, los gritos, la cámara lenta y los flashbacks de la infancia, más propios de un videoclip) como resorte de una película consumida por la irrelevancia de su desmedida existencia. De continuar este camino, el cine de Dolan seguirá esa misma suerte.

marisa en los bosques

Marisa en los bosques (Antonio Morales) – Resistencias

Con la sección Resistencias el SEFF trata de visibilizar la diversidad del momento que vive un cine español marcado por la crisis, que alejado de las vías convencionales de producción encuentra nuevas formas expresivas. Y aunque El último verano y Marisa en los bosques son dos películas muy distintas, reflejan bien los polos opuestos en los que se encuentran numerosos cineastas españoles. Por un lado encontramos el documental híbrido como vena creativa más estimulante en el cine español reciente, por otro la ambiciosa ópera prima que recurre al crowdfunding por necesidad, como única solución viable para dar forma a una ficción que en otra época habría contado con un presupuesto y condiciones de rodaje más holgados.

En Marisa en los bosques el dramaturgo Antonio Morales plantea una sugerente comedia dramática con un pie en el realismo mágico y otro en el mundo teatral. Repleta de referencias y citas cinéfilas, gira alrededor de una ruptura y de cómo afecta a su protagonista, Patricia Jordá, una actriz de teatro sumida en el desconcierto vital. La película se hace fuerte gracias a las interpretaciones y la frescura de los diálogos, pero aunque el conjunto se vea lastrado por una excesiva duración y un guión algo disperso (con demasiadas situaciones y personajes estereotipados de lo que podríamos considerar comedia madrileña, que difuminan la historia de amistad que centra el relato) reconforta encontrar escenas como aquella en la que la protagonista relata a su amiga una secuencia de cine mudo o la revelación para el espectador durante un ensayo teatral del secreto que la atormentaba. En ambas su director siembra ideas fecundas que nos recuerdan que los mecanismos básicos del cine, la imagen y la palabra, están para comunicarnos con los demás, con los que ya se han ido y con nosotros mismos, si es que estamos a tiempo.

el último verano

El último verano (Leire Apellaniz) – Resistencias

El último verano está dirigida por Leire Apellaniz, proyeccionista de profesión que sigue durante los meses estivales a Miguel Ángel, todo un personaje de un trabajo en extinción, el de recorrer los pueblos de España proyectando imagen en movimiento. Lejos de la idealización, y en lugar de realizar un ensayo que abriera un debate sobre el fin del celuloide y profundizara en sus causas, Apellaniz apuesta por hibridar el lenguaje documental y recrear el día a día de su protagonista por medio de una puesta en escena que se nos antoja demasiado básica. Lo que ella además no sabe es que quizás su personaje no sea tan interesante como parece. Lo que muestra de él, lejos de generar empatía, resalta más bien su forma tan crápula de ganarse la vida, sin aprecio ni pasión por el arte del cine más que para poder pagar las facturas. O las condenas de prisión, que tampoco le faltan.

En todo caso, los mejores instantes de la película son aquellos en los que se centra en su razón de ser, aquellos que huelen a verano: El sonido de un proyector en marcha, fugaces fragmentos de películas proyectadas en cualquier pared o pantalla, su reflejo en los rostros de los niños, reveladoras conversaciones con otros proyeccionistas  y en especial su tramo final: un cementerio de proyectores y material en celuloide que nos llevan a una reflexión bien distinta y más profunda que el retrato de su protagonista. Igual si el cine en 35mm se muere (o lo dejamos morir) es por no cuidar las programaciones, por creer estar obligados a traer los últimos estrenos de las majors (que son al fin y al cabo las grandes culpables de esta situación) y por no haber apostado por películas documentales como esta, que irónicamente nunca se verían en una muestra itinerante de las muchas que llevan el cine a pequeños rincones del país.

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