FICX 2016: Crónica del Festival de Gijón

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Resulta imposible abordar una crónica de la 54º edición del Festival Internacional de Cine de Gijón sin dejar constancia del momento de turbulencia institucional que el certamen asturiano ha sufrido. En el que fuera quinto año bajo la dirección de Nacho Carballo, el festival se presentaba repleto de incertidumbre debido a una drástica reducción del presupuesto, fuertes críticas de la oposición a su gestión económica, sin sede ante la inminente subasta de los Cines Centro (auténtico corazón del festival) y con un proceso de selección abierto para elegir nuevo director. Ante este panorama, los responsables del FICX lograron minimizar daños al recuperar (probablemente por última ocasión) los Cines Centro, reduciendo la celebración del festival un día, lo que limitó las secciones, las distintas sedes y el número de películas. Una lógica desde la que intentaron fortalecerse con una selección en torno a películas de consenso avaladas por grandes festivales y algunos de los títulos más destacados del panorama, ofreciendo una programación no demasiado arriesgada pero coherente con la línea mantenida los últimos años, cuyo aumento de asistencia no justifica su sensible pérdida de notoriedad en el ámbito nacional.

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Nos vamos a detener en una Sección Oficial irregular, pero en la que encontramos títulos más que apreciables. Gijón conserva vigente su capacidad para postularse como último gran festival del año en España, aunque predominaron los grandes temas frente a las apuestas formales, el cine de prestigio frente a la búsqueda de nuevos autores y voces propias. Como señaló Carballo al ser entrevistado por Días de Cine, en el FICX se verían películas “duras”. En definitiva, un cine que intenta hacer reflexionar al espectador y remover conciencias, pero que está lejos de hacer del festival un enclave distinto al resto, tan aparentemente comprometido como en el fondo conservador. En esa dirección encontramos no una, sino hasta dos películas-alarma sobre la creciente reclutación yihadista de adolescentes europeas, Layla M. (Mijke de Jong) y Le Ciel attendra (Marie-Castille Mention-Schaar). La primera desde el punto de vista de los inmigrantes de segunda generación que residen en Europa, la segunda desde una almibarada Francia actual.

Siguiendo en el país vecino, desde la Quincena de Realizadores de Cannes se presentó Mercenaires (Sacha Wolff), desfile de tópicos en la adaptación de un prometedor joven de Nueva Caledonia que huye a Francia en busca de un futuro mejor en el mundo del rugby. La violencia gratuita y la ambigüedad moral están aseguradas, pero no se encuentra un propósito mayor en las intenciones de su cineasta, apoyado en la severa interpretación de su protagonista, auténtico deportista profesional, cuyo contundente físico no se traslada al nervio de una película que encuentra su mayor virtud en el retrato del modo de vida y las tradiciones de la colonia francesa en Oceanía. Debido también a su exotismo, la uruguaya Migas de Pan (Manane Rodríguez), la iraní Inversion (Behnam Behzadi) y la filipina Ma’Rosa (Brillante Mendoza) cubrían desde diferentes geografias esta idea de golpear al espectador, en esta ocasión a través de la identificación con fuertes personajes femeninos.

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Felices sueños (Fai bei sogni, Marco Bellocchio)

Tras su paso por el Festival de Venecia, donde el veterano cineasta ruso Andrei Konchalovski obtuvo el galardón de mejor director, Paradise se antojaba como una de las películas más importantes del año, pero nos acabó resultando una de las más impostadas. Tras su resurgir con El cartero de las noches blancas, el director de Tango y Cash parece querer volver por la puerta grande al cine académico, pretensiones que se vuelven demasiado explícitas. Y lo hace con el que probablemente sea el Gran Tema de la Historia del Cine, el Holocausto Nazi, que aborda con una excesiva rigidez formal y una fallida estructura a modo de interrogatorio celestial que anula la posibilidad de redención de sus personajes. En ese sentido, otra película presa de sus ambiciones por reconstruir un periodo histórico convulso fue El nacimiento de una nación, cuyo éxito (envuelto en la polémica) se ha diluido como un azucarillo desde su triunfo en Sundance, hasta el punto de que sus posibilidades para el Oscar son escasas. Y no es de extrañar, pese a la loable intención de la propuesta de Nate Parker, que desde su título propone una revisión histórica y de la propia Historia del Cine, el resultado rápidamente cae en el tremendismo visual y en maniqueismos narrativos que provocan quesu visionado además de olvidable, resulte harto desagradable.

En el lado positivo de la balanza, sin alejarnos de este esquema de películas “duras” (sic), cuyo contenido podría estar para muchos próximo al del mal llamado telefilm, aunque en este caso son dueñas de hallazgos narrativos y formales encomiables, encontramos Manchester by the Sea y Felices sueños. Dos películas con mucho en común, obras de autores que nunca han tenido consenso entre el público, la crítica y la propia industria como Kenneth Lonergan y Marco Bellocchio, que demuestran su hondura dramática y sensibilidad al afrontar el duelo. Ambos están interesados en adentrarse en la depresión y el tormento interior en el que viven sus personajes tras un hecho traumático, construyendo su narrativa a través de elipsis y flashbacks que postergan la información al espectador. Mientras que Bellocchio adapta una novela autobiográfica de Massimo Gramellini, que nos traslada a Turín desde la segunda mitad del Siglo XX, Lonergan se sitúa en un pequeño pueblo pesquero de Boston. La localización en ambas es fundamental, pues recoge el espíritu taciturno y apesadumbrado de sus personajes, marcados por la trágica muerte de su madre y de sus hijos respectivamente. Será con la forma en la que ambas desvelen dicho suceso como se alejen de las convenciones del relato, siendo capaces de resignificarlo por medio de un notable ejercicio de escritura cinematográfica.

GLORY

Para concluir, como no podía ser de otra manera, nos detenemos en el resultado del palmarés, aquello que pese a todo siempre se recordará de esta edición. El premio a la mejor película fue a parar a la película búlgara Glory, dirigida por Kristina Grozeva y Petar Valchanov, una noticia cuanto menos digna de celebrar, entre otros motivos por tratarse de una de las pocas propuestas capaces de romper la dinámica en la que había entrado la Sección Oficial. Inspirada en hechos reales, la cruel ironía con la que cámara en mano la pareja de cineastas búlgaros retratan la burocracia de su país, sumido en la pobreza y la corrupción, es tan certera como demoledora. Hasta el punto de que pese a los sucesivos ridículos y malentendidos en los que se recrea, protagonizados por un honrado trabajador del ferrocarril que se convertirá en una víctima del sistema tras devolver un millón de levs, no deja espacio para la risa, pero sí para una mueca torcida. Probablemente el único gesto posible desde el que observar el devenir de Europa y de un festival que se conforman con la apariencia de lo que otrora aspiraban a representar.

Entrevistas realizadas durante el FICX 2016. Para leerlas haz click en el siguiente enlace

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