Crónica de la décima edición del Festival Punto de Vista

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Adiós a la oscuridad: Por un cine abierto al mundo

Pamplona nos recibió y se despidió con lluvia. Durante una semana críticos de cine, periodistas, cineastas, vecinos llegados de todos los rincones de Navarra y demás cinéfilos acudían a su cita diaria con Punto de Vista, un festival que celebraba su décimo aniversario dispuesto a continuar con la tradición de programar el cine documental más audaz en sus formas y en sus reflexiones en torno al arte cinematográfico.

Mientras tanto, Europa se precipitaba hacia un pacto con Turquía que le haría perder buena parte de la poca dignidad que le quedaba. Si hay algo que la vida nos demuestra una y otra vez es que las decisiones más duras y drásticas, esas que marcan la diferencia, no se toman de repente, sino que son consecuencias de un cúmulo de decisiones más pequeñas, que poco a poco preparan un camino del que es muy difícil regresar. Esa Europa intransigente con los países del sur del Mediterráneo (el verano griego no queda tan lejos), que se quita la máscara y rompe el acuerdo que se suponía que daba legitimidad a la idea de la Unión Europea: lograr la unión, estabilidad y solidaridad política (fin último) a través de la unión económica (un instrumento, un medio). Una Europa inflexible en lo económico, pero que sin embargo se muestra sorprendentemente tolerante ante algunas declaraciones xenófobas y protofascistas de algunos dignatarios de los países del Este de la propia Unión, y olvida con facilidad el derecho al asilo que además de ser fundamental tiene mucho de compromiso con nuestra propia historia, con esos años en los que Europa era el principal lugar de exportación de refugiados, fueran judíos huyendo del nazismo o exiliados españoles.

En un festival de cine es fácil aislarse del mundo, quedarse en una burbuja compuesta por presentaciones, ruedas de prensa, entrevistas y debates eternos y estimulantes sobre las películas programadas. En el campo de los festivales de cine documental, en un afán de simplificación, muchas veces se diferencian dos tendencias: los festivales que programan películas fundamentalmente por sus “grandes temas” (guerras, catástrofes naturales, etc); y los que programan películas por su valor estético y formal, que suelen estar más pendientes a propuestas de cine-ensayo. A los primeros se les suele acusar de aceptar en ocasiones, amparados en temas potentes, miradas algo convencionales, manidas y maniqueas, o directamente sentimentaloides. A los segundos se les suele tachar de ensimismados, de ser indiferentes a su labor de conectar al cine con la sociedad y a la sociedad con su cine, de generar inquietudes, incomodar y sacudir conciencias.

Ante ese simplificación, se agradece una programación que rompa esquemas e ideas preconcebidas, un panorama de películas tan completo como el que se pudo ver en la edición de este año del Festival Punto de Vista: una perfecta combinación entre inquietudes formales y reflexión histórica y social, un cine comprometido tanto con el arte como la realidad de nuestro presente. Se agradece también la valentía de un jurado que se atrevió a premiar películas que todo el mundo suele alabar pero que parecen demasiado humildes como para recibir premio alguno, y que en muchos otros festivales hubieran pasado desapercibidas. Me refiero en concreto a Lampedusa in Winter, del británico Jakob Brossmann, ganadora del Premio al Mejor Director; y a The Meadow, dirigida por Jela Hasler, que recibió el galardón al Mejor Cortometraje.

Lampedusa in Winter

Lampedusa in Winter (Jakob Brossmann)

La primera analiza los problemas que se viven en la isla italiana de Lampedusa, una región olvidada por buena parte de su país, que decide ponerse en huelga hasta que mejoren las comunicaciones que la vinculan con el resto de Italia. Su punto más dramático es el retrato que hace de los refugiados, africanos y sirios, y refleja la buena voluntad general de una pequeña región que sin apoyo europeo ni estatal ofrecen una ayuda limitada, pero al menos se esmera en devolver la dignidad a esos seres humanos que han estado a punto de ahogarse en un largo viaje. Una película con un gran pulso narrativo, con ganas de escuchar y de comprender a una población que intenta salir adelante a través de la solidaridad en un mundo que la va dejando atrás.

The Meadow no muestra aparentemente nada extraordinario: un retrato rural en el que un conjunto de vacas pastan ajenas a la civilización. Sin embargo, poco a poco se desvela que esas vacas viven con normalidad junto a un panorama desolador. Mientras comen, en unas colinas situadas en el horizonte, unas bombas explotan. Pasean junto a una carretera por la que, al cabo de un tiempo, aparecen enormes tanques, algunos de ellos con el distintivo de la ONU. En otra ocasión, unas vacas se acercan demasiado a una parcela vallada en la que un cártel en hebreo, en árabe y en inglés advierte de que a partir de ese punto empieza un campo minado. Un agente de policía detiene su coche y lanza una piedra para espantar a una vaca que se había acercado demasiado al peligro. Un cuento tranquilo y terrible que sugiere el contraste entre la apacibilidad de la vida animal en comparación con los anhelos de destrucción propios de los seres humanos, pero también se constituye como una interesante reflexión en torno a la capacidad de adaptación de aquellos que (sobre)viven en contextos terribles.

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The Meadow (Jela Hasler)

Sin lugar a dudas, una de las películas más sobresalientes del festival fue Oleg y las raras artes, dirigida por el cineasta hispano-venezolano Andrés Duque. El film, que recibió el Gran Premio Punto de Vista a la Mejor Película, supone un retrato de un artista genial y controvertido como Oleg Karavaichuk, el último músico capaz de tocar el piano imperial que se conserva en el Hermitage. Recientemente fallecido, representa en sí mismo un cúmulo de contradicciones que bien podrían corresponderse con las propias de la identidad rusa: en él conviven el comunismo y la religiosidad, el orgullo nacionalista por un pasado glorioso, también por el zarista, una fuerte adoración hacia los líderes sin renunciar a un cuestionamiento crítico hacia muchas de sus decisiones.

Oleg y las raras artes es ante todo una reflexión sobre la mirada de un artista que no deja a nadie indiferente en su defensa de un arte que aspire a ser apreciado por minorías cultivadas, pero que no olvide que debe ser universal y estar abierto a todo aquel que quiera ser provocado por él. Duque construye un film hecho a la medida de la evolución de su personaje en la película: primero estático, rígido, y poco a poco, más cercano y flexible.

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Oleg y las raras artes (Andrés Duque)

Si hay una película que no debería haberse ido de Pamplona sin algo más de reconocimiento, esa fue Bella o perduta de Pietro Marcello. Hermosa fábula contada en clave de novela picaresca y protagonizada por un joven búfalo que pasa por manos de distintos dueños, dando forma a una original mezcla entre ficción y documental que combina la presencia no actores que hacen de sí mismos con actores que interpretan personajes arquetípicos de la comedia del arte italiana. Uno de ellos es Pulcinella, personaje de la tradición popular napolitana que sirve de enlace entre vivos y muertos. Como The Meadow, la película se acerca a la incomprensión mutua entre ser humano y naturaleza, pero dando forma a un relato más complejo, que desde la ternura y la compasión, se asoma a las miserias de los seres humanos. El resultado es más luminoso que Al azar de Baltasar, de Robert Bresson, pero no esconde ni un ápice de la tristeza que conlleva la vida de los marginados.

Casa Blanca se alzó con el Premio del Jurado de la Juventud y con el Premio del Público. La directora polaca Aleksandra Maciuszek logra un film tan entrañable como agridulce sobre la relación entre un irreverente hombre con síndrome de Down y su madre, una anciana con mucho carácter que se encuentra en un delicado estado de salud. Casa Blanca sorprendió por la cercanía con sus personajes, por la habilidad con la que manejaba el humor ante una situación complicada y por la forma en la que consigue que los espectadores se impliquen en una relación de cariño precaria, que apuesten por una vida en común entre los protagonistas a pesar de saber que está condenada a no durar demasiado.

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Casa Blanca (Aleksandra Maciuszek)

En ese compromiso con la realidad que al principio mencionaba, una de las apuestas fuertes del festival fue la proyección de Writing On The City. El documental del iraní Keywan Karimi que ofrece un recorrido por la historia reciente de su país, desde la revolución islámica hasta la actualidad, a través de las pintadas y grafitis habituales de las calles de Teherán. Un film muy interesante que profundiza en la manera en la que la sociedad iraní reaccionaba ante treinta años convulsos: de la esperanza a la indignación, con momentos puntuales de indiferencia. El resultado pretendía despertar conciencias en su país y corre el riesgo de ser eclipsado por la triste realidad que vive su director: finalmente condenado a un año de cárcel y a pagar unos 600 euros en concepto de multa al ser declarado culpable de realizar propaganda antigubernamental.

Punto de Vista puso en marcha meses antes de la celebración de la nueva edición una película titulada 223 Words, en la que han participado numerosos cineastas enviando una palabra de apoyo a Keywan por cada uno de los 223 latigazos incluidos inicialmente en su condena. Curiosamente, se proyectó poco después de que en Madrid se liberara a los dos titiriteros después de que pasaran varios días en prisión. Como se ve, la libertad de expresión es, y no conviene olvidarlo, uno de esos derechos fundamentales por los que o se lucha a diario o corren el riesgo de retroceder.

Writing on the City (Keywan Karimi)

Writing on the City (Keywan Karimi)

Dos cortometrajes surgidos de la misma promoción de la Escuela de cine de los países bajos se consolidaron como dos de las propuestas más sólidas y arriesgadas. Among Us, del holandés Guido Hendrikx, que recibió una mención especial del Jurado de la Juventud, ofrece una mirada compleja y oscura sobre los testimonios de tres pedófilos que no solo desearían no serlo, sino que creen terrible que cualquier adulto pueda tener sexo con niños. Los tres intentan conducir sus instintos y pulsiones hacia una especie de amor platónico asexuado que no haga daño a nadie. Una película en la que la razón lucha por llevar un control férreo sobre los cuerpos, que destaca por la particularidad de que toda la narración viene dada por los testimonios de las entrevistas, mientras que las imágenes, en blanco y negro y a cámara lenta, se utilizan tan solo para generar rimas, casi con un efecto hipnótico. Por su parte, If Mama Ain’t Happy, Nobody’s Happy aborda desde una perspectiva familiar la actual situación de la mujer y su relación con los hombres, sobre la posibilidad de lograr en el mundo actual una relación duradera, construida con humor en torno a la relación de la directora Mea de Jong con su madre, una mujer con un fuerte carácter que lleva con orgullo sobre sus espaldas un pasado familiar en el que varias generaciones de mujeres sacaron adelante sus familias sin una pareja que les acompañase.

Convendría destacar también dos filmes que podrían parecer menores pero que sin embargo creo llenos de interés. Uno de ellos es The Tree, un pequeño poema filmado por su directora y protagonista, la iraní Roya Eshraghi, sobre la identidad en el exilio, a través de la forma en la que la cineasta mira a un árbol que en una ciudad cubana ha conseguido abrirse paso y crecer en lo alto de un edificio en ruinas. El segundo es Où est la jungle?, donde el gallego Iván Castiñeiras ofrece dos miradas convergentes hacia la selva: la primera es la de un indígena al que cada día la ciudad le absorbe más; y la segunda, la de un pintor chileno que, a lo largo de su vida, ha intentado perderse en varias ocasiones en el interior de la selva sin haber podido llegar a ser nunca parte de ella.

Ou est la jungle

Où est la jungle? (Iván Castiñeiras)

En su conjunto, la Sección Oficial de Punto de Vista arriesgó al apostar por películas honestas, íntegras y sencillas, que negaban la evasión y conectaban con la conciencia de los espectadores, siempre desde el respeto y desde una presunción de inteligencia. En las secciones paralelas, lo más destacable para quien les escribe fue la estupenda retrospectiva sobre un cineasta tan complejo y fascinante como Jean-Daniel Pollet, así como la oportunidad de poder ver el mítico film experimental La region centrale con la presencia de Michael Snow.

Por último, una de las mayores sorpresas vino de la mano de los cortometrajes grabados por niñas sirias que se encuentran en campos de refugiados, realizados como actividad de unos talleres de cine. Se agradece la iniciativa de Laura Dogget, coordinadora de los mismos, y el compromiso de un festival que parece decidido a generar un debate cultural construido sobre la realidad y no sobre un vacío esteticista; recordar un pasado que rima demasiado con nuestro presente; establecer cauces de intercambio con lugares remotos a los que no miremos por encima del hombro, sin por ello dejar de defender libertades y derechos que creemos que seguirán ahí en un futuro, pero cuya supervivencia depende únicamente de nosotros. La décima edición del Festival Punto de Vista ofreció una mirada compleja al mundo del cine de la no ficción, y defendió, como el protagonista de Oleg y las raras artes, una forma de acercarse al arte que capaz de revelar aspectos de los que aún no era consciente sobre sí mismo y, sobre todo, ante el mundo en el que se vive.

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