Filmadrid 2016: Focos Pietro Marcello, Júlio Bressane y Boris Lehman

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Se antoja fundamental que los festivales, además de seleccionar las películas que consideren más relevantes del panorama, sepan articular en torno a su programación una mirada a la historia del cine. En concreto a sus capítulos menos divulgados. No ya por la necesidad de ofrecer una mirada historiográfica, hueco que en teoría vienen a llenar las retrospectivas y los ciclos de las filmotecas, sino para ofrecer luz al resto de la programación, remarcando una idea del cine con la que sustentar sus descubrimientos y apuestas en un pasado que otorgue sentido, incluso una narrativa, al programa en su conjunto.

En esa línea, ya en su primer año de vida Filmadrid sentó inmejorablemente sus bases al realizar un foco dedicado a dos cineastas controvertidos y radicales que consideraban representativos del cine actual. El filipino Lav Diaz, ganador recientemente del León de Oro en Venecia y del Leopardo de Oro en Locarno, y Jan Soldat. Para esta segunda edición redoblaban la apuesta, al no solo detenerse en destacados cineastas contemporáneos como el italiano Pietro Marcello, dueño de una poética sumergida entre el documental y la ficción, búsquedas en las que el festival se encuentra muy interesado, sino en la obra de dos insospechados maestros todavía en activo como Julio Bressane y Boris Lehmann, cuya selección de películas (la mayoría de ellas proyectadas en 16mm y 35mm) proponían un viaje de ida y vuelta al cine indómito del brasileño y a la experimentación con el “cine del yo” del belga. Líneas de actuación, por otra parte, muy presentes en el resto del festival, libérrimo en formatos, nacionalidades, géneros y duración.

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La todavía corta filmografía de Marcello parte del interés y el aprecio por personajes que se encuentran en los márgenes: durmientes y vagabundos que habitan trenes nocturnos en Il passaggio della linea (2007), expresidiarios marcados por su entorno que intentan rehacer su vida en La bocca del lupo (2009) o cineastas como él que han tratado de capturar la otra cara del mundo en Il silenzio di Pelesjan (2011). A todos los filma prácticamente en silencio, observando cada uno de sus movimientos con una hondura e integridad intachables, a la espera del momento correcto en el que otorgarles la oportunidad de expresarse. Pelesjan lo hace con sus propias imágenes, el resto con las arrugas de su piel y la verdad de sus palabras. Tres películas que forman un conjunto coherente y emocionante que salta de nivel con su última película, Bella y perdida (2015), que tras la accidentada muerte de su protagonista evoluciona en una fábula sobre una Italia bufonesca con la que Marcello se introduce en una ficción que alterna puntos de vista, estilos formales y formatos para unir en el mismo universo a la camorra, Berlusconi y a una búfala que desprende un sentimiento de humanidad mayor que el de algunas personas.

Siendo imposible de abarcar el conjunto de su filmografía, el foco de Bressane trató de apuntar un breve recorrido por su obra desde sus inicios como principal representante del cinema marginal brasileño, gracias a títulos como Matou a família e foi ao cinema (1969), su libérrima evolución con la musical Tabu (1982) y sobre todo sus últimos y diversos trabajos, siempre al límite de la representación y el trabajo con los cuerpos, como A erva do rato (2008), Educação sentimental (2013) o Garoto (2015). Entre todos ellos destacaron un extraño y alucinado biopic bajo el nombre de Dias de Nietzsche em Turim (2001) Cleópatra (2007), su obra más ambiciosa y formalista, una excesiva reconstrucción en ampulosos decorados de la clásica historia de amor y de poder entre Julio César y Cleopatra, que bajo el filtro de Bressane se convierte en un juego de puesta en escena, montaje y color tan fascinante como sobrecargado.

En cambio, a Boris Lehman le basta observar el mundo que le rodea para crear toda una encantadora cosmología de cosas pequeñas, como demuestra Choses qui me rattachent aux êtres, enumeración de objetos que encuentra en su desordenado apartamento en Bruselas que le remiten a amigos y momentos felices. Del grueso de sus trabajos que pudimos ver, su ascendencia y genealogía judía termina siendo uno de las aspectos más relevantes por el que comprender su sentido del humor, sobre la que ahonda en Histoire de mes cheveux (2003-2010), quinta entrega de su proyecto Babel, en la que se detiene en su pérdida de pelo para emprender un viaje hacia la tierra de la que sus antepasados tuvieron que partir durante la Segunda Guerra Mundial y el holocausto. Un viaje abierto a lo casual, del que siempre trata de extraer insólitas lecciones de puesta en escena, que se nutren de lo real pero apelan a la performance, compartiendo una idea del cine como forma de autodescubrimiento.

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