CRÍTICAS

Toni Erdmann

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El traje nuevo del emperador

Se estrena en cines de toda España el último fenómeno de la cinematografía europea, la película más aplaudida por la crítica en el Festival de Cannes, la gran triunfadora de los Premios del Cine Europeo, la favorita al Oscar a mejor película en habla no inglesa y todo lo que se les ocurra añadir a continuación. Su mayor logro, demostrarnos que los alemanes tienen sentido del humor. Aunque su directora no lo crea así, o por algún motivo que se nos escapa no quiera reconocerlo (ya saben, la comedia nunca se ha llevado demasiado bien con los galardones y el prestigio), aborda mediante el uso de gags visuales la irrupción en la vida de una ejecutiva alemana en Rumania de su padre, que adopta la excéntrica personalidad del Toni Erdmann al que da título.

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Como anticipa la brillante secuencia inicial, que recuerda a los cold openings de series como The Office o Parks and Recreation, cuyo enfoque formal cámara en mano se antoja una gran influencia a lo largo del filme, su padre no se trata de un hombre cualquiera. Hablamos de un profesor jubilado con el único propósito de gastar bromas continuamente a los demás como forma de resistencia, haciendo frente a la soledad y tratando de despertar en vano el espíritu infantil de sus allegados. Al contrario que él, su hija es una rígida profesional que no muestra sentimientos y cuya única aspiración es la de venerar a sus ridículos jefes para seguir ascendiendo. Tomando al pie de la letra el dibujo de ambos personajes, nos encontramos con el retrato perfecto de una Europa feroz, tecnócrata y desgeolocalizada, con Rumania como triste decorado de las consecuencias que la falta de humanidad y las políticas neoliberales imprimen a nuestro modo de vida. En el fondo, Toni Erdmann no es más que la conciencia de occidente. Una con peluca y dentadura postiza, sin miedo a la vergüenza ajena.

Sobre el papel, los ingredientes de la tercera película de Maren Ade son muy enriquecedores y el visionado no deja de provocar al espectador, desconcertado por los cauces en ocasiones divertidos, a veces emocionales y casi siempre hirientes por los que se mueve su relación, pero el resultado final dista de ser tan estimulante como la suma de sus partes. O al menos no tanto como para considerarla sin objeción la gran película del año. Su fuerte discurso sobre la hipocresía de la sociedad actual queda deshilvanado a lo largo de sus poco justificadas tres horas de duración A su vez, el trasfondo de la relación padre-hija apenas se esboza mientras el guión da peligrosos bandazos al moralismo (el encuentro con el agricultor), lo grotesco (la cita con el amante en la habitación del hotel) y lo sencillamente fallido (la secuencia de la fiesta nunca a llega ser lo transgresora que se cree, más bien al contrario).

Entre todas estas objeciones, probablemente insignificantes en comparación con el arrollador carisma de la propuesta, la mayor y más preocupante es la renuncia de su directora a encontrar su propio estilo cinematográfico, haciendo uso (y abuso) de una vulgar planificación cámara en mano que, salvo algún inspirado gag en segundo plano, se mueve de forma excesivamente automática y funcional por sus calculados diálogos. La ausencia de una apuesta estética nos hace sospechar que el emperador va desnudo, que el traje no es de una seda invisible, sino que a la gran película del año se le ven las vergüenzas. Y de momento está orgullosa de que así sea. Pero al igual que se lo cuestionará el espectador al respecto de las andazas de Toni Erdmann, nos preguntamos cuánto durará el disfraz sin quedar en evidencia.

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