Artículos de: Pedro Torrijos

La luz acelerada: Oda al niño torpe

La luz acelerada: Oda al niño torpe

Soy un tipo torpe. Muy torpe. Soy como todo el mundo: no salgo en una película. Salvo que la película sea de los hermanos Peter y Bobby Farrelly. Porque los torpes de los Farrelly no son torpes de película

La luz acelerada: Lo que no se puede cortar

La luz acelerada: Lo que no se puede cortar

Hay un lugar especial en el mundo. Está delante de nuestros ojos cada vez que abrimos los párpados. Cada día de nuestra vida pasamos delante de él; a veces lo cruzamos y a veces lo atravesamos sin prestarle atención. Es el lugar de la cizalladura. El espacio donde, durante un mero instante, cohabitan los contrarios

La luz acelerada: El frío y el miedo

La luz acelerada: El frío y el miedo

Hay pocas sensaciones tan temibles como el frío. El frío activa cada uno de los depresores físicos y creativos en un ejercicio de sinestesia involuntaria y desapacible. El frío se vuelve gelatinoso y áspero. El frío aprieta los dientes, es blanco y azul, es seco y amargo, es entumecido y sordo. El frío se convierte en miedo

La luz acelerada: ¿Te gusta conducir?

La luz acelerada: ¿Te gusta conducir?

El conductor de Nicolas Winding Refn no tiene nombre, pero tiene la mirada controlada de Ryan Gosling. El conductor no tiene nombre, pero tiene unos guantes de conducir y tiene un reloj y tiene el control. Tiene la necesidad del control para mantener la mirada de Ryan Gosling

La luz acelerada: AIR y el recreo infinito

La luz acelerada: AIR y el recreo infinito

Cuando estrenó Las Vírgenes Suicidas en 1997, Sofía Coppola acababa de cumplir 28 años, pero sus ojos tenían la mirada sencilla, simultánea y compleja de mis quince. Porque la mirada de Sofía Coppola es sencilla: ve lo que ve y oye lo que oye y huele lo que huele y siente lo que siente; y filma lo que ve y oye y huele y siente

La luz acelerada: Dormir es morir

La luz acelerada: Dormir es morir

En verano, durante dos horas al día, la siesta era obligatoria. Dos horas cada día. Dos horas que nunca iban a volver, que desaparecían para siempre. Para siempre. En 1973, Miles Monroe, a través de los ojos de Woody Allen, se durmió contra su voluntad

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